Far South: El Western Noir de Rodolfo Santullo y Leandro Fernández

Hoy quiero hablar de un reciente descubrimiento de esos que me han dejado enganchado desde la primera página y que no he podido soltar hasta llegar a ese final que me ha dejado con ganas de más, el Far South de Rodolfo Santullo y Leandro Fernández. Un cómic duro, sombrío y violento que nos transporta hasta la Argentina de mediados del siglo pasado, a un pueblo perdido lejos de las grandes ciudades, donde la ley ni está ni se la espera y la propia vida no vale mucho.

Este lejano sur en muchos aspectos es casi mas duro que el lejano oeste

Todo el mundo acaba pasando por la pulpería del gallego Montoya, ese centro del pequeño microcosmos que es este pequeño pueblo alejado de todo, quienes buscan comer algo en el único lugar decente del pueblo, quieren ahogar sus penas con una botella de grappa o buscan algo o a alguien. Pistoleros, bandoleros, mercenarios, críos que quieren crecer demasiado rápido o simplemente gente que quiere algo de tranquilidad y saben que mientras Montoya guarde su rifle bajo la barra, allí nadie con dos dedos de frente montará jaleo. Todas estas vidas se entrecruzan en todas direcciones, formando un tapiz de codicia, corrupción y abuso de poder del que a veces la única forma de escapar es recibiendo plomo…

Hay que saber comportarse en publico

Rodolfo Santullo y Leandro Fernández han definido este cómic como un western, y de ahí el nada sutil juego de palabras que cambia el Far West por el Far South, para que nada nos haga olvidar que estamos en ese lejano sur de la Argentina. Pero pese a que la influencia del western es palpable en cada página, aunque se ambiente en una época en la que ya existían los vehículos a motor o los teléfonos, ese pequeño cambio de época, unas décadas más adelante, entronca este cómic con otro género como el noir. Una combinación que suele dar resultados muy interesantes y que aquí esta pareja de autores ha llevado hasta las últimas consecuencias de una forma más que notable.

Esto tampoco desentonaría nada en Torpedo

De esa forma aquí nos encontramos con poderosos terratenientes acostumbrados a hacer lo que les dé la gana, cuatreros en busca de un buen botín o de venganza o forajidos de leyenda de cuya existencia nadie está del todo seguro, con grandes compañías que envían a sus matones para destruir los incipientes sindicatos de trabajadores que se están formando y acabar con las huelgas organizadas para reclamar mejoras laborales, y las ratas codiciosas que se venden al mejor postor. Todo ello combinado con una gran naturalidad que no hace más que reflejar la realidad de unos años en los que el mundo estaba cambiando demasiado deprisa y muchos se resistían a ese cambio.

Hay cosas que nunca parecen cambiar

Y claro, ante una combinación de dos géneros como el western (¿southern?) y el noir, tan caracterizados ambos, entre otras cosas, por su extrema violencia, aquí encontramos de esta en cantidad. Santullo y Fernández no se han cortado lo más mínimo a la hora de representar la violencia, extrema en muchos casos, que podía existir en un lugar y época como este, en el que la ley brillaba por su ausencia. Pero pese a que los actos violentos que salpican estas páginas (nunca mejor dicho) son numerosos y ocasionalmente crueles, en ningún momento se recrean con ello, no tratan de convertir la violencia en un espectáculo ni buscar la complicidad del público amante de la casquería, sino que nos lo muestran en todo momento como algo brutal, sin sentido y a ratos tristemente inevitable. Un gran acierto en el tono del cómic que convierte a Far South en una obra dura, pero que no llega a ser desagradable.

Y esto es bastante moderado comparado con otros momentos

Otro aspecto peculiar de este cómic es que está formado por un buen puñado de historias cortas más o menos autoconclusivas, pero íntimamente relacionadas entre sí. Se trata de pequeños vistazos a la dura vida que tienen los habitantes y visitantes de este pequeño pueblo sin nombre, y a esa violencia que se ha vuelto algo tan cotidiano como el calor. Pero pese a esta estructura por capítulos, el ritmo de la obra no sufre el más mínimo altibajo, ni en el cuerpo principal de la misma ni en ese epílogo en prosa que cierra este recopilatorio y que se ambienta cuatro décadas más tarde. En todo momento la historia fluye a la perfección mientras las vidas de los protagonistas de estas pequeñas historias se entrecruzan en más de una ocasión, consiguiendo que olvidemos el formato del cómic y que, como decía al comienzo, nos cueste soltarlo.

Ese misterioso personaje es una presencia casi constante

Pero no podemos olvidarnos del increíble trabajo que hacen aquí el dibujante Leandro Fernández y el colorista Ezequiel Fernández Roel. El primero lleva sus influencias completamente a la vista, admirador de dibujantes como Hugo Pratt, Alberto Breccia, Sergio Toppi o Frank Miller, entre otros, y que se formó como dibujante siendo asistente de Eduardo Risso. Pero pese a ello, y a que dichas influencias se notan más o menos en todo momento (sobre todo la de Risso), nos encontramos ante un artista que ha sabido desarrollar un estilo propio y personal que le ha permitido ser todo un todoterreno, alternando proyectos como este con muchos otros en el mercado estadounidense, donde le hemos podido ver en series tan dispares como Northlanders, los Nuevos Mutantes, The Old Guard, Queen & Country o el Castigador.

Sabe contar una historia

Con ese estilo suyo caracterizado por personajes que incluso cuando rozan la caricatura resultan completamente naturales y expresivos, un gran dominio de la narrativa que permite que a menudo sobren los diálogos y un manejo de las luces y las sombras que crean la atmósfera perfecta para sumergirnos en este violento mundo. Y aunque estamos ante un cómic que probablemente se vería increíble en blanco y negro, el trabajo que hace aquí Ezequiel Fernández Roel es para quitarse el sombrero. Este recurre a una paleta de colores desaturada que contribuye a transportarnos a este mundo polvoriento y desesperanzador, alternando un coloreado más naturalista, aunque apagado, con momentos en los que se aleja por completo de ese naturalismo para darle a determinadas escenas un carácter más expresivo. Y el resultado es un equipo artístico de esos con los que uno quiere recrearse con cada página.

Es todo un artista

A quienes les haya picado la curiosidad con este cómic, Moztros lo publicó en España hace tres años en una bonita edición bastante completa y asequible para estos tiempos que corren, en los que a veces parece que los cómics son de oro. Lo que, sumado a que se trata de una obra completa y autoconclusiva, lo convierten en una lectura perfecta para quienes busquen algo diferente a lo habitual. Aunque yo no me quejaría en absoluto si en algún momento estos autores quieren contarnos más historias ambientadas en ese lejano sur en el que la vida a veces vale lo que cuesta una bala.

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