Obsesión es una de esas películas que en principio no te parece que vaya más allá de la actuación de la protagonista (Inde Navarrete, más conocida por estos lares como la hija de Lana Lang de Superman y Lois) pero acaba metiéndosete en la cabeza. Hay más cera de la que arde, los personajes tienen una relación compleja y lo que en un principio parece una película sobre un tipo torpe que convierte la vida de la persona a la que ama en un infierno, no deja de ser un estudio sobre las relaciones personales en un mundo que cada vez se comunica menos. Vamos con ello y sí, a reventarla por completo.

Porque quiero hablar de Ian, el supuesto «amigo» y mayor villano de la película, si exceptuamos al monstruo responsable de la creación del palito de los deseos mágicos, que también se las trae. El director y guionista, Curry Baker, ha dicho que ha intentado por todos los medios que nadie pudiera echar la culpa solo al misterioso palito, que ésto no es la pata del mono mágica en la que se basaron para el capítulo de Los Simpson que inspiró la película, pero… Vamos a dejar las cosas claras, crear un objeto con semejante potencial es una responsabilidad; como siempre, el género de terror tiene carta blanca para hacer estas cosas sin explicar quién es el creador del cacharro porque «todo es mágico» (que por cierto, un saludo a Juán Tamariz, allá donde estés) pero si creas algo que concede sus deseos a los demás y puede provocar semejantes situaciones, los responsables últimos no son los torpes que no saben formular sus deseos, sobre todo cuando dan por hecho que ese trasto no funciona y que es una simple broma. Así que lo siento por Curry pero no, no ha conseguido descargar de culpa al misterioso creador, sobre todo cuando viene a insinuar que hasta los trabajadores de la tienda en la que se venden están esclavizados por ella. Ese trasto lo ha creado el mismísimo Satanás, y más si tenemos en cuenta que cuando Bear llama al servicio de atención al cliente del «palo» el que le responde es un teleoperador aburrido que no tarda en ponerle en contacto con la «verdadera» Nikki, que está gritando en el infierno. Vamos, que encima de cabrón es sádico. Pero lo dicho, Ian.

Ian es un egocéntrico de manual. Cuando empieza la película, es un «amigo» que ayuda a Bear a juntar valor suficiente para declararse a Nikki, pero a la vez se burla de la forma en la que él abre su corazón. Para él es un esfuerzo tremendo expresar sus sentimientos, pero la empatía de su supuesto amigo es cero. Lo que es más, llegado el momento de la verdad su consejo es el de decirle que tiene que «flirtear» con ella, que tiene que llamarla «Nikki la Friki», Nikki la rarita, el mote que ella misma le había dicho que la había traumatizado desde niña. Bear es incapaz de comunicar sus sentimientos y sigue intentando juntar suficiente coraje para sobrepasar su vergüenza, pero en el último momento y cuando ve que ella ya se va para su casa, la llama Nikki la Friki. Por supuesto, la reacción de ella no es precisamente la de echarse a sus brazos, y le echa en cara el hecho de llamarla por un mote que la traumatizó durante años. Fracaso absoluto para Bear y sí, en parte el estado emocional que lo coloca en el momento desesperado de pedir su deseo es cortesía de los consejos de Ian. Más tarde, a lo largo de la película, vemos como Ian no entiende que Nikki esté colgada de Bear, y él, como es el ombligo del mundo, llega a la conclusión de que ella lo hace para ponerlo celoso. A él, a Ian. Ian el magnífico. Claro, nos enteramos de que ella había manifestado a Sarah y a Ian que no estaba interesado en Bear y había tenido relaciones esporádicas con Ian, nada serio, pero éso solo quiere decir que con quien no quería algo fijo es con Ian. Lo indignante de todo esto es que Ian por un lado estaba intentando quedársela toda para él -sea con relaciones esporádicas o con lo que sea- mientras que Bear era demasiado cobarde para declararse, ni siquiera ante una pregunta directa.

Lo que es peor, según interpretaciones, el que Nikki le diga a Bear que «cuando me gusta un chico, nadie lo sabe» es una pista de que igual él si le gusta a ella. Pero justo antes está la historia de los dos de chavales en clase, con él recordando una anécdota como un favor especial de su amiga y ella recordándolo como un salvarlo de un suspenso sabiendo que ella era la niña de los ojos del profesor. No, seguramente ella no correspondía esos sentimientos, seguramente hasta tenía demasiadas cosas en la cabeza como para meterse en una relación con él, pero la tragedia de que ella si que abriera la puerta a una hipotética relación es mucho mayor teniendo en cuenta lo que pasa acto seguido, con él deseando que ella le quiera «más que a nada en el mundo». Y sí, volviendo a Ian, que no tiene ni idea de lo que está pasando y lo interpreta todo en clave de yo, para cuando Bear trata desesperadamente que su amigo formule un deseo para liberar a Nikki -recordemos, cada uno solo puede pedir un deseo, y para cancelarlo la única salida es que muera el que lo formuló- él no le cree y decide pedir un billón de dólares (que como es yanqui en realidad no es tanto, solo mil millones de nada) y entonces los millones empiezan a caerle encima. Acto seguido, cuando un completamente derrotado Bear vuelve a su casa y se encuentra la última atrocidad de las consecuencias de su deseo -y Nikki intentando matarse por enésima vez, porque no soporta lo que su cuerpo está haciendo- Ian aparece tras la puerta de su casa hablando de que su billón de dólares es real. Sigue pensando en él, y solo cuando oye los gritos de dentro dice que «espera que no estén haciendo ninguna mierda rara». Cuando entra y se encuentra a Nikki amenazando con suicidarse con una pistola, prácticamente cuando abre la boca ella le pega un tiro en la cabeza y él desaparece de plano. El centro del universo desaparece de la historia prácticamente fuera de plano, su cadáver no tiene ninguna relevancia en el final de la historia, no se le recuerda más.

Y sí, por supuesto que la mayor víctima de esta historia es la propia Nikki, y que Sarah es la muerte más cruel de la película porque no solo había conseguido por fin cumplir su sueño, si no que es la única persona que le cuenta toda la verdad a Bear, que se sincera en ese círculo de egos que se había convertido la relación entre los cuatro. Y sí, que Bear también es víctima aunque sea el que pida el deseo pensando que esa cosa no funcione, el que a su vez empieza a temerse que hay algo antinatural en todo esto y aun así siga teniendo relaciones con Nikki (en una escena que a todas luces es una violación, ella está completamente quieta con la mirada perdida mientras él hace sus cosas). Puedes decir que nadie en su sano juicio pensaría que el deseo es algo «real», pero desde luego el comportamiento de ella no era normal, ella se comporta más como una máscota que como un ser humano, completamente devota y esperando completamente quieta a que vuelva su amo. De hecho, y a pesar de que existe la teoría de que ella está poseida por el alma del gato muerto de Bear y a que la propia Nikki en un momento de lucidez diga «la otra está durmiendo, mátame antes de que despierte», Curry Baker especifica que no hay posesión alguna, simplemente el deseo la obliga a amarlo de esa forma enfermiza. Pero al mismo tiempo tenemos que cada vez que Nikki ve un espejo se asusta -porque ve en qué se ha convertido- y su lenguaje cada vez es más infantil, menos adulto y más desquiciado. Y aun así creo que podemos darnos con un canto en los dientes, porque en un género tan especializado en no dar explicaciones de nada y dejarlo todo en manos de la magia, lo cierto es que Obsesión se empeña en explicar el cuadrado amoroso de la película, la inmadurez de sus protagonistas y la cruel y exagerada pena que sufre cada uno de sus protagonistas. Que, ya que estamos, poco sufre Ian. El hijo de…
