El miedo a lo diferente con Toda la carne es hierba de Clifford D. Simak

Hoy toca literatura de la que me encanta, ciencia ficción clásica a cargo de uno de mis autores favoritos, el Toda la carne es hierba/All Flesh Is Grass de Clifford D. Simak. Una novela de 1965 que explora un concepto tan explotado como el del primer contacto con una civilización extraterrestre, pero al que Simak consiguió darle la vuelta para presentarlo desde una perspectiva muy diferente a lo habitual. Así que, sin más rodeos, y advirtiendo de que inevitablemente caerá algún SPOILER que otro, aunque procuraré que sean los mínimos, vamos a presenciar este encuentro entre dos civilizaciones tan radicalmente diferentes.

Brad Carter no está pasando por la mejor etapa de su vida. Sin familia, con su negocio en la ruina y ahogado en deudas, no deja de lamentar no haberse marchado de Millville cuando lo hicieron sus compañeros de instituto. Pero todas esas complicaciones quedan en un segundo plano cuando una mañana, al tratar de ir de pesca con un viejo amigo, se encuentra con que el pueblo entero ha sido aislado del mundo por una cúpula invisible y que los responsables de ello, seres de otro mundo, le han escogido como portavoz para que negocie con la Tierra un acuerdo de colaboración entre ambas especies. Pero una situación tan extrema pone patas arriba el mundo entero, y, tanto dentro como fuera de Millville, el miedo y la desconfianza se apoderan de todo el mundo y parecen abocar a un destino trágico, algo que tendrá que intentar evitar alguien que se considera el menos indicado para ello…

Clifford D. Simak es un autor que se ganó mi admiración con su Estación de tránsito, y que, desde entonces, aún no le he leído un libro suyo malo, y este que hoy nos ocupa no es una excepción. Algunos de los elementos que siempre he admirado de su estilo es el poner a personas corrientes (perdedores los llegó a llamar en alguna ocasión uno de sus editores, a lo que este le respondió que le gustaban los perdedores) enfrentados a situaciones extraordinarias, y cómo esas situaciones no requieren de héroes de acción dispuestos a protagonizar épicas aventuras, sino a gente con cabeza y valores morales dispuesta a ver más allá de lo superficial. Algo que, combinado con su habilidad para entrelazar los elementos fantásticos de sus historias con los éticos y filosóficos, convierten su bibliografía en algo de lo que no me canso de leer.

Y todo eso lo encontramos en este libro, con un protagonista tremendamente humano e incluso podríamos decir que vulgar. Un tipo del montón, cuya vida parece estancada y que, hasta el mismo final de la novela, no deja de dudar de sí mismo y de sus capacidades, que se plantea tirar la toalla en más de una ocasión, esconderse, dejar que sean otros quienes lidien con el problema, que comete errores… Pero que, una y otra vez, ya sea impulsado por quienes le rodean o por sí mismo, consigue dar otro paso adelante, aunque sea titubeante, para tratar de encontrar una solución a ese aparente problema imposible que ha caído en sus manos casi por azar.

 

Un problema que consiste en una civilización extraterrestre más antigua que la propia Tierra, que acumulan un conocimiento inmenso y que viajan de mundo en mundo ofreciendo su colaboración a todas las especies inteligentes con las que se encuentran. Sin entrar en demasiados detalles por no reventar más de la cuenta el libro, se trata de unos seres radicalmente diferentes a la humanidad, y con quienes la comunicación directa no es del todo posible, al menos no de forma convencional. Un elemento que Simak utiliza para aumentar la tensión y la desconfianza en la humanidad ante la perspectiva de encontrarse ante algo tan ajeno. Un aspecto en el que no cuesta nada encontrar una nada disimulada alegoría ante ese miedo a lo diferente que ha provocado y sigue provocando tantísimos prejuicios y conflictos en el mundo real, y ante el que Simak plantea una solución que para muchos sería considerada radical: el entendimiento.

De esa forma, aquí no vamos a encontrar ninguna gran batalla épica con infinidad de naves espaciales y heroicos guerreros, solo a una humanidad aterrorizada cuyos gobernantes, presa del miedo y la desconfianza, se plantean tomar medidas radicales; unos extraterrestres cuyas motivaciones e intenciones parecen incomprensibles; y, en medio, un montón de gente corriente cuyas vidas dependen de que alguien se atreva a dejar de temer a lo desconocido. Y en esos aspectos filosóficos es donde Simak brilla como quiere, por conseguir que un montón de gente (y quienes no son gente) hablando y tratando de discernir la verdad de lo que sucede resulte tan apasionante como la mejor space opera.

Y no me resisto a comentar otro elemento del libro que me llamó mucho la atención cuando comencé la lectura y que seguro que a más de uno por aquí le habrá recordado a lo mismo. Esta novela, al igual que otras de Simak, se ambienta en su ciudad natal de Millville, una pequeña población rural de esas en las que parece que en la superficie jamás sucede nada. Un pueblo que en esta novela es rodeado por una cúpula que no permite entrar ni salir a nadie. Y entre la similitud de ese aspecto de la trama con el Under the Dome de Stephen King, el extremo parecido entre el nombre de la ciudad donde se desarrollaba aquella novela, Chester’s Mill, con el Millville de Simak, y cómo en ambas obras el miedo provoca que los habitantes de sus respectivas ciudades se dejen llevar por la ira, es difícil no pensar que King se inspiró al menos superficialmente, aunque más allá de estos puntos en común se trata de dos novelas radicalmente diferentes en tono e intención.

Pero, en resumen, nos encontramos ante una novela de esas que nos atrapan desde el principio y que cuesta soltar, y que nos recuerdan que la ciencia ficción es mucho más que sus aspectos superficiales y estéticos, que lo realmente importante siempre ha sido cómo estas historias reflejan el mundo real y nos plantean formas diferentes de ver el mundo que nos rodea. Y eso es algo en lo que Clifford D. Simak era todo un experto.

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