Los márgenes del Universo DC siguen siendo un derroche de creatividad del que da gusto disfrutar, con personajes de un perfil más bajo y equipos creativos llenos de imaginación que dan lugar a cómics de los que enganchan. Algo que me acaba de suceder con el Jonah Hex and the Shadow of Death, donde Michael Walsh y Toni-Marie Griffin nos devuelven al famoso pistolero en una historia crepuscular de violencia y horror en la que a Hex no le quedará más remedio que tomar de nuevo las armas y hacer lo que mejor se le da hacer.

Jonah Hex ha perdido la cuenta de las personas a las que ha matado o de las ocasiones en las que él mismo ha creído estar muerto, o quizás realmente lo ha estado y ha regresado. Y allí a donde va le siguen su leyenda negra y la memoria y los espíritus de sus víctimas, por lo que ha terminado renunciando a las armas, se ha instalado en una remota cabaña alejada de todo y trata de ahogar sus recuerdos en alcohol. Y ya sean ciertas o no las incontables maldiciones que sus actos o los últimos deseos de quienes han muerto a sus manos han lanzado sobre él, lo cierto es que un mal le acecha y se encuentra cada vez más cerca, amenazando con poner fin a esa frágil paz que Hex ha encontrado en la soledad y el fondo de una botella.

Jonah Hex siempre me ha parecido un personaje fascinante en todos sus aspectos. Un antihéroe que seguía luciendo con orgullo su uniforme sudista pese a que hacía tiempo que no creía en lo que el Sur defendía, dotado de un personalísimo sentido de la moralidad, más desfigurado que muchos villanos y que se movía como pez en el agua en el western tradicional, en futuros postapocalípticos, el cómic de superhéroes o, como en el caso que hoy nos ocupa, e terror. Un género al que Jonah Hex no le es ajeno y en el que ha protagonizado unos cuantos cómics bastante interesantes y al que ahora le han devuelto Michael Walsh y Toni-Marie Griffin para protagonizar una historia que bebe muchísimo de Sin perdón, del Santo de los Asesinos y del cine de terror más gore.

Así nos encontramos con un Hex ya entrado en años, viviendo a las afueras de la pequeña ciudad de Ashecott, a la que solo se acerca cuando se le acaba el alcohol, viviendo sus días con la única compañía de su caballo y los espíritus de los muertos y con su viejo uniforme y sus armas enterradas como recuerdo de una vida que no es capaz de dejar atrás. Y allí en el pueblo es solo una reliquia que aterra a quienes conocen su historia, horroriza a quienes ven su rostro por primera vez e incluso despierta la admiración de críos que siguen viendo la violencia como poco más que un juego.

Pero pese a sus esfuerzos para pasar el resto de sus días intoxicado y ajeno a todo, y a su merecida fama de asesino despiadado, Hex en el fondo sigue siendo alguien que muy a su pesar se ve impulsado a hacer lo correcto, por lo que cuando comienza a sentir que algo no va bien en ese pueblo se ve dividido entre seguir escondido y el deseo de empuñar de nuevo sus armas, un deseo que en parte obedece a que ya no sabe vivir sin matar.

Con todos estos elementos tan conocidos, Michael Walsh, otro de esos autores con cuyo trabajo me he encontrado en numerosas ocasiones pero hasta ahora no le había prestado la atención apropiada, ha construido una historia que de momento y pese a lo familiar que resulta, es también muy atrayente. Pero tampoco puedo negar que aquí Walsh ha tocado uno de mis puntos débiles, ya que siempre me han encantado estas historias de héroes o antihéroes que se ven forzados a salir de su retiro, ya sea uno idílico o como en este caso uno miserable. Porque el Hex que tenemos aquí es alguien agotado y derrotado, que quiere huir de todo pero no ha sido capaz de acabar con su propia vida (él llega a creer que está condenado a no poder morir) y se ha conformado con matarse poco a poco a base de alcohol. Un destino no especialmente ajeno a un personaje de su naturaleza.

No podemos olvidar, por supuesto, los aspectos sobrenaturales de esta historia, en donde algunos personajes ya están sintiendo que hay algo que no está bien allí. Algo que no tardamos en descubrir ya en este primer número que es mucho peor de lo que parecía en un principio. Pero además de esa maldad que se arrastra por Ashecott, también nos encontramos con una presencia siniestra y nada humana que parece tener viejas cuentas que saldar con Hex, por lo que parece evidente que en este pueblo está a punto de desatarse el infierno sobre la tierra.

Otro aspecto que no podemos olvidar es que Walsh, además de guionista, es también dibujante, uno especialmente dotado para una historia como esta, ya que hasta ahora su trayectoria ha estado marcada por proyectos que giran en torno a la violencia y el terror. En su estilo no es difícil reconocer la influencia de los artistas a los que ha reconocido admirar, como Milton Caniff, Mike Mignola o incluso Jordi Bernet, claroscuros marcadísimos, sombras que dicen mucho más que algo explícito, personajes muy expresivos a medio camino entre el realismo y la caricatura, y una habilidad envidiable para reflejar la violencia extrema que caracteriza a un personaje como Jonah Hex.

Elementos que se ven realzados, y de qué manera, por el coloreado de Toni-Marie Griffin, quien aquí ha huido radicalmente de cualquier pretensión de naturalismo y ha optado por un uso del color de lo más expresivo que más de una vez he echado en falta en cómics modernos. A través de ello crea en el mundo en el que se mueve Hex una atmósfera casi enfermiza, de amarillos, verdes y azules apagados más propios de una pesadilla que del mundo real. Algo que consigue transmitir una sensación de incomodidad, de que algo no está bien en ese lugar, que le sienta muy bien a una historia como esta.

Como primera toma de contacto a mí ya me ha enganchado, y tanto para quienes disfruten del western, del cómic de terror o de los buenos cómics a secas, Jonah Hex and the Shadow of Death es una de esas lecturas que hay que añadir a la lista de lecturas pendientes. Un cómic que además, y como no me canso de decir, es el ejemplo perfecto de lo sabio que resulta poner a equipos creativos con talento e ideas a cargo de personajes que no sean esos intocables de primera línea, porque los resultados a menudo son de lo más atractivos.

Me encanta cuando Brainstomping cumple lo que (para mí) es su función esencial. Informarme de nuevos lanzamientos molones. En especial de clásicos recuperados.
En mi caso conocí a Jonah Hex vagamente en la crisis de tierras infinitas, pero no fue hasta la serie escrita por Jimmy Palmiotti (y dibujada entre otros por el gran Jordi Bernet) que le cogí gusto al personaje. Que es una mezcla de brutalidad, naturalismo, tragedia y humor negro que forman un western peculiar.
Esta serie tiene buen aspecto (siempre digo lo mismo), y me gusta de entrada que lo saquen tan feo, no como en la televisión. En la serie de Palmiotti lo llamaban tantas veces feo que era como su título (así Batman sería «the Caped Crusader», y Hex «the Ugly Son of a Bitch», apodo que le pega).
Teniendo en cuenta que Hex vve en un momento temporal muy concreto (1838-1904) no puedo evitar preguntarme en qué año se sitúa esta serie.