Hoy quiero, o más bien necesito, hablar de una novela/relato corto que he leído estos días y que me ha dejado atrapado, A Short Stay in Hell / Una breve estancia en el infierno de Steven L. Peck. Este nos ofrece un horror que huye de los sustos baratos y los lugares comunes para sumergirnos en una pesadilla psicológica que provoca terror ante la magnitud de la tarea a la que tiene que hacer frente su protagonista. Así que toca visitar un infierno muy diferente a lo que estamos acostumbrados a encontrar para descubrir que a veces lo más aterrador es simplemente el paso del tiempo.

Cuando Oren despertó en la sala de espera del Infierno tras fallecer en el hospital, no esperaba ni que el infierno fuese tan burocrático ni que mereciese estar allí, ya que siempre había tratado de llevar una vida virtuosa en honor a su dios. El problema es que este, como mormón, no estaba rezando al Dios verdadero, Ahura Mazda, y por lo tanto le tocaba pasar una temporada en el Infierno en penitencia hasta que se le permitiese ascender a los cielos. Una penitencia que pasaría en uno de los muchos infiernos personalizados existentes, la Biblioteca de Babel, donde tendría que buscar el libro que contaba la historia de su vida y con ello ganarse el derecho a salir de allí, una tarea aparentemente sencilla hasta que Oren se encontró allí y fue consciente de que quizá su estancia en el Infierno no sería tan breve…

El Infierno, en cualquiera de sus interpretaciones, siempre ha sido un escenario fascinante para la ficción por todo lo que permite, tanto siendo fieles a cualquiera de sus interpretaciones culturales como subvirtiéndolas, algo que aquí ha logrado Steven L. Peck de una forma bastante imaginativa. Su Infierno, al menos el que habita el protagonista, está modelado a partir de la Biblioteca de Babel de Jorge Luis Borges (quien a su vez se había inspirado en La biblioteca universal / Die Universalbibliothek de Kurd Lasswitz), algo que los propios personajes de la historia reconocen. Como en esta se encuentran infinidad de volúmenes que contienen todas las posibles combinaciones de caracteres posibles, lugares para descansar, alimentarse y hacer sus necesidades, escaleras que parecen eternas que llevan a los diferentes pisos de esta biblioteca y multitud de habitantes castigados con la misma penitencia que Oren.

Y partiendo de este homenaje tan descaradísimo, Peck lleva la historia al género del terror psicológico añadiendo un sencillo detalle a esa premisa: que esa Biblioteca es un lugar del que se puede salir, pero cuya salida parece inalcanzable. A medida que Oren y las personas que va encontrándose en su camino van siendo conscientes de que esa tarea no va a ser tan simple como asumían, y que no van a tardar precisamente meses o años en llevarla a cabo, pero tendrán toda la eternidad para intentarlo, van derrumbándose poco a poco y en muchos casos perdiendo la cordura.

Porque algo que hace aquí Peck que resulta muy interesante es que en este Infierno tan particular sus habitantes no son castigados con pozos de fuego ni son desgarrados por monstruos. Su castigo, su tortura más bien, es mucho más insidiosa y terrorífica: el inexorable paso del tiempo. Allí nadie puede morir ni envejecer, y cualquier herida o incluso el hambre o la sed desaparecen tras despertarse cada mañana. Lo único que pueden hacer es acurrucarse en un rincón a llorar o vagar por pasillos casi infinitos buscando algo que parece imposible. Y es esa perspectiva, la de pasarse un tiempo que parece infinito alejados de sus seres queridos, viendo el mismo “paisaje” cada día y sabiendo que la salida a todo ello puede estar tan alejada en el tiempo que da vértigo tan solo de pensarlo, la que convierte la lectura de este relato en algo aterrador.

Nunca había pensado que algo tan aparentemente simple como tener todo el tiempo del mundo para hacer algo pudiese dar tanto pavor. Pero cuando leemos cómo lo plantea aquí Peck resulta complicado no sentir la angustia de sus personajes, cómo el paso del tiempo les va cambiando, a veces para mejor y a veces para peor, ya que llega un momento en el que todo en lo que creían, todo lo que consideraban importante, pierde por completo su significado cuando tienes delante y detrás de ti la eternidad.

Y esa forma que tiene Peck de manejar el tiempo, de transmitirnos el horror que conlleva esta eternidad, ha terminado dejándome peor cuerpo y más angustia que otras historias superficialmente más terroríficas llenas de monstruos y casquería, recordándome lo tremendamente versátil que puede llegar a ser el terror cuando se maneja con imaginación. Algo de lo que Peck va más que sobrado, porque incluso en la brevedad de esta historia, momentos que Oren menciona de pasada y que podrían haber dado para una saga literaria entera resultan abrumadores.

Pero aunque lamento que esto no acabase siendo al menos una novela completa, A Short Stay in Hell ha sido una de las lecturas más satisfactorias que me he encontrado en mucho tiempo, tanto por recordarme cómo incluso ideas que ya hemos visto en multitud de ocasiones pueden cobrar nueva vida con un punto de vista diferente, como por mostrar cómo el terror psicológico puede superar con creces al más obvio y directo. Por ello voy a ir de cabeza a por la bibliografía de Steven L. Peck para ver si encuentro alguna otra obra que me haga sentir lo que he sentido aquí, y a recomendar efusivamente a todo el mundo que lean este relato, que se lee de una sentada pero deja huella.
