Esto debería escribirlo M’Rabo, porque él es el gran nostálgico de los 80 que babea por cualquier cosa de aquellos tiempos aunque no los viviera. Pero como es un cráneo previlegiado que considera que Marvel Avengers Alliance es uno de los mejores videojuegos de la historia, supongo que me toca a mí hablar sobre el “pseudo remake” que se ha marcado el equipo de Koji Igarashi para su nueva franquicia que no se llama Castlevania. Pero mejor os pongo al corriente de dónde sale este juego que si no os perdéis, que esto no es como hablar de dibujantes de los años 40…

Con solo saber que la banda sonora de este juego está compuesta por el dream team sonoro de Michiru Yamane y Jake Kaufman, podemos decir que el juego ya cumple en algo con nota.

A ver, la cosa empieza en los 80 con los Castlevania (Akumajou Dracula en Japón) juegos plataformeros que salieron para MSX y NES que destacaron por su jugabilidad y banda sonora, convirtiéndose rápidamente en una de las franquicias más importantes de Konami por aquellos tiempos. Sin embargo y con la llegada de los poligonácos y a pesar de sacar algunas joyazas como Rondo of Blood o Symphony of the Night, la saga Castlevania empezó a convertirse en una franquicia de segunda división, reduciéndose sus apariciones sólo a portátiles de Nintendo y juegos de sobremesa de cada vez más dudosa calidad. Y todo esto a pesar de que el mismo creador de Symphony, Koji Igarashi, supuestamente había perfeccionado la fórmula que dio nombre al género “metroidvania”, permitiendo que el plataformeo no fuera lineal y se convirtiera en una aventura con tintes roleros en los que teníamos que ir paseándonos de un lado a otro del castillo de Drácula para desbloquear zonas y demás. Tal fue la influencia de Igarashi, que para muchos de los fans un juego no era un Castlevania si no incluía su firma, rechazando de lleno el reboot planteado por Mercury Steam a principios de la presente década. Tras varios fracasos creativos y económicos, la serie Castlevania cayó en desgracia como la propia Konami en el mundo de los videojuegos, y Koji Igarashi abandonó la empresa en la que creció profesionalmente porque ya no le dejaban hacer más Castlevanias. Y entonces, por supuesto, hizo un Kickstarter.

Niños, en tiempos “una pedazo de intro” tenía estos bloques de texto porque en los cartuchos se racaneaba hasta la última letra.

El crowdfunding fue un exitazo y Koji Igarashi bautizó a su nuevo no-me-llames-Castlevania como Bloodstained: Ritual of the Night, un juego que anunciaba el regreso de las viejas esencias de la saga recuperando todo lo que hizo a Symphony of the Night tan grande como para que todos nos olvidáramos de que Super Castlevania IV era mejor juego. O no, porque entre las metas del kickstarter de Bloodstained había una la mar de interesante: hacer un juego precuela al estilo de los Castlevania de 8 bits, que se entregaría gratis a los backers y por diez euros a los más escépticos. El juego ha terminado saliendo con el título de “Bloodstained: Curse of the Moon” y, en efecto, es un juego que le debe tanto al Castlevania III de NES que todavía me estoy preguntando por qué Konami no los denuncia por plagio, sobre todo cuando Iga no acabó muy a buenas con ellos y siempre ha dicho que su juego favorito de la serie era el 3.

A ver, falta la pasarela ruinosa hasta la torre donde está Drácula, pero es que en todo lo demás es igualito.

Pero, ya que estamos, vamos a hablar de Curse of the Moon, un juego al que no le pongo ni la mitad de peros que a Ritual of the Night, cuyo diseño artístico no me gusta un pelo. Pero claro, Curse no deja de estar jugando con la ventaja de ser pixel art, con muchas menos opciones artísticas para meter la pata, y como recreación más colorida del Castlevania III de NES es una pequeña joya. De hecho, hasta le enmenda la plana en más de un sentido, a pesar de copiar literalmente al original con enemigos tal vez demasiado equivalentes -este son las medusas, este es el dragón esquelético- o en el desarrollo del mapa, pasando por escenarios como el pueblo, el barco pirata o el castillo de un vampiro que no es Drácula porque tampoco es como si Konami tuviera los derechos de Drácula pero no hay huevos para decir que es Drácula. Oh vamos Iga, el Master of Darkness era literalmente un Castlevania para Master System en todo menos el nombre y se atrevieron a hacer que el malo fuera Drácula.

Lo dicho, esto es Castlevania.

La cuestión es que, como jugador compulsivo de los castlevanias pre Iga, aquellos que eran plataformeo lineal y no me hacían patear de un lado a otro los mismos mapeados, no puedo hacer otra cosa que recomendar este Curse of Moon. Ante todo porque por muy plagio que sea está la mar de bien hecho, consigue picar la fibra nostálgica de alguien que está muerto por dentro y porque, para qué negarlo, hasta mejora el desarrollo del juego original con la introducción de los cuatro personajes jugables de forma menos cruel y exclusiva, animándote a rotar entre ellos para cambiar de estrategias a la hora de derrotar a un jefe final. Que por cierto, los aliados del juego son perfectamente equivalentes a personajes de Castlevania, siendo en esencia Trevor Belmont, Alucard, Sypha Belnades y un personaje que se parece más al Gabriel Belmont de Mercury Steam de lo que uno se pueda esperar de un juego de 8bits.

¡Si es que hasta los finales son de gente mirando el castillo desde lejos!

Y ojo, que el juego no es ninguna tomadura de pelo. La dificultad puede subir muchos enteros, es tremendamente rejugable -seis finales alternativos, más una versión “nightmare” del juego para sacar el “final verdadero” o desbloquear un Boss Rush mode- y en general, es mucho más que metadona para que se nos pase el mono de Castlevania. Un gran trabajo de Inti Creates -Iga en esto solo actua como supervisor del juego- que, aunque para más de uno a ratos le puede parecer que se toma demasiadas libertades con el diseño de algunos bosses o algún final del juego que parece más propio de Megaman que de Castlevania, creo que podemos estar encantados de estar ante un juego que no exprime la vaca nostálgica porque sí y vale más de los diez eurazos que cuesta.

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