Me ha sorprendido la serie de Castlevania de Netflix, porque lo último que podía esperarme de un guión de Warren Ellis es una adaptación fiel de un personaje que no sea suyo. Esta serie de animación se basa principalmente en Castlevania III: Dracula’s Curse, ése juego que a Europa nos llegó con la NES casi jubilada gracias a la llegada de Supernintendo pero que en realidad es uno de los mejores juegos de la saga y uno de los cantos del cisne de una de las consolas más legendarias de Nintendo.

Snif, si hasta el castillo es igualito…

La historia de Castlevania III giraba alrededor de Trevor Belmont, que veía como el castillo de Drácula resurgía en Transilvania y le tocaba proseguir la herencia familiar de cargarse al vampiro de marras. Según nos contaba el manual original -el japonés, no la traducción creativa de Nintendo USA- Dracula esta vez había advertido al pueblo de Valaquia de que iba a empezar pronto su infierno en la Tierra, con lo que a los habitantes del pueblo les había dado tiempo a salir corriendo y todo eso. No ocurre eso mismo en el primer capítulo de la serie, que se centra principalmente en la figura de Dracula y sus motivaciones con una historia de amor que suena un tanto forzada entre el Príncipe de las Tinieblas y Lisa -una científica del siglo XV, oiga-, un personaje que en los videojuegos sólo ha aparecido de pasada y muy puntualmente.

Ellis se ha esforzado ante todo en humanizar a un Trevor Belmont que está pasado de vueltas.

Ellis dedica un cuarto de la serie a contarnos por qué un genocida en masa se convierte en un corderito enamorado y cómo el mundo se convierte en un lugar mucho peor gracias a una iglesia corrupta y adicta a quemar gente. Al igual que en el videojuego original, salta por los aires todo rigor histórico y se mezclan estilos arquitectónicos, tecnología o simples prendas de vestir totalmente anacrónicos para mediados del siglo XV. Ellis ha dado rienda suelta a un anticlericalismo voraz -eso sí, llegados a cierto punto de la historia puntualiza que no todos los curas son unos nazicabronespederastas- que convierte a la Santa Madre Iglesia en el verdadero villano de una temporada que sirve como planteamiento y presentación de los protagonistas, con lo que los cuatro episodios de media hora nos parecen más un aperitivo de lo que está por venir que una verdadera temporada completa.

Muchos personajes son tremendamente arquetípicos y es de esperar que progresen en la segunda temporada, pero es que no había tiempo para más.

La animación, que como véis es puro anime, no es gran cosa y apesta a low cost, con algunos fallos de sincronización en los diálogos -que tal vez no existan en la versión en japonés, pero vete a saber- pero lo importante es que Castlevania no se ha cortado un pelo en el gore y es un calco tremendamente fiel al original, siendo una adaptación digna de los videojuegos; el castillo de Drácula es un lugar poblado de cirios y velas ideales para ser golpeados, Trevor lucha con su látigo consagrado -no sé todavía si es el mismísimo Vampire Killer- además de sus archiconocidos cuchillos y hachas, y otros personajes de Castlevania III también asoman con una fidelidad sorprendente para lo que nos tenían acostumbrados hasta ahora (Trevor hasta tiene que enfrentarse al Cíclope para ponerse en contacto con uno de ellos).

Aunque no habría venido mal meter en la banda sonora un Vampire Killer o un Bloody Tears, que el mayor fallo de Araujo en Lords of Shadow estuvo en no tirar más del legado de la serie.

Asi que sí, Castlevania es una serie decente para los nostálgicos de la familia Belmont que probablemente no interesará mucho al resto de la audiencia que no sea adicta al anime. Ahora sólo queda esperar que la cosa tenga éxito, que Konami tome nota y que volvamos a tener videojuegos con la familia Belmont arreando latigazos a diestro y siniestro, que después del fiasco de Mercury Steam hay bastante mono.

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