Nobody (Personne) ha sido toda una agradable sorpresa, ya que no solo ha sido una de esas lecturas que atrapan desde el primer momento, sino que me ha permitido descubrir a dos autores cuya existencia desconocía, Philippe Pelaez y Guénaël Grabowski. Dos autores franceses que nos ofrecen aquí un relato dramático y claustrofóbico, en clave de ciencia ficción, en el que el trauma y la obsesión envuelven una misión para explorar uno de los rincones más alejados de nuestro sistema solar. Y tratándose de uno de esos cómics que es mejor disfrutar a ciegas, o casi, voy a tener que revelar solo lo justo de lo que nos cuenta, ya que vale mucho la pena descubrir la historia leyéndola.

Durante la última década Daniel Nikto se ha dedicado en cuerpo y alma a desarrollar para la NASA la misión que le llevará a él y a un grupo de especialistas a explorar Europa, la luna de Júpiter. Y aunque esta misión le mantendrá dos años alejado de su esposa e hija, Daniel ha invertido demasiado en ese proyecto como para abandonarlo. Pero cuando durante el último tramo de su largo viaje este se despierta de la hibernación y se encuentra con que no hay nadie más a bordo, y que el ordenador de la nave no contiene registros de lo que le ha sucedido al resto de la tripulación, Daniel se sumerge en una espiral de paranoia y miedo enfrentado a la posibilidad de que quizás no esté tan solo como creía…

Como decía antes, estos pequeños descubrimientos me encantan, no solo el leer un cómic sin saber absolutamente nada del mismo, sino el poder descubrir también a dos autores con mucho talento y con unas bibliografías bastante cargadas que explorar. Aunque lamentablemente ni este cómic ni la anterior colaboración entre Pelaez y Grabowski, Nine (Neuf), se han publicado en España, y del resto de sus obras es muy poco lo que se ha editado por aquí, por lo que toca tirar de ediciones de fuera para poder leerlos. Pero si este cómic es una buena muestra de lo que son capaces de hacer, ese es un pequeño esfuerzo que merece la pena.

Y lo que nos encontramos aquí es una obra de ciencia ficción pero de las que ponen el foco en el factor humano más que en el escenario fantástico en el que se desarrolla, pese a que este juega un papel fundamental en el cómic. Saltando adelante y atrás en el tiempo nos encontramos con las complicaciones que ha sufrido Daniel en la recta final del lanzamiento de la misión, y cómo estas se han entremezclado con sus problemas personales. Mientras que en el presente se encuentra con el misterio de una tripulación que ha desaparecido casi sin dejar ni rastro, a millones de kilómetros de cualquier ayuda, y encontrándose con que cada pista de lo sucedido va desvelando una verdad aterradora.

Un aspecto que acaba siendo el foco principal de la obra, como la soledad de Daniel, su completo aislamiento de cualquier otro ser humano, el misterio de la desaparición de sus compañeros, los traumas de su pasado y la sospecha de que hay alguien más a bordo, crean una historia claustrofóbica e inquietante de las que es difícil soltar hasta llegar al final.

Dicho aspecto, el retrato psicológico de Daniel, cómo se enfrenta a esta situación y cómo su pasado le lleva a actuar en una dirección u otra es sin duda lo mejor del cómic, especialmente por cómo todo esto se integra con numerosas claves del género de terror con las que los autores juegan a su gusto sin que el cómic acabe convirtiéndose en una obra de dicho género. Y aunque es cierto que aquí Pelaez y Grabowski pecan un tanto de abusar de los giros argumentales que rozan lo descabellado y lo culebronero, el resultado sigue siendo un gran cómic con el que da gusto dejarse llevar.

Por su parte el apartado artístico de Guénaël Grabowski es otro de los grandes puntos fuertes de este cómic. Con un estilo en el que apuesta con fuerza por el naturalismo, Grabowski consigue así que estos personajes que parecen tan reales en todos los aspectos, nos metan más de lleno en la historia, especialmente en los momentos más emocionales. Pero además demuestra aquí ser un dibujante increíblemente dotado a la hora de dibujar la tecnología, consiguiendo que la inmensa nave rebose autenticidad en todo momento, y se convierta también ocasionalmente en un laberinto de pesadilla del que parece imposible escapar.

Algo que se ve reforzado por el trabajo del colorista Denis Béchu, quien alterna un uso más realista del color, con otro más expresivo, ya sea jugando con la iluminación de la nave o saltándose por completo cualquier verosimilitud con la realidad, de forma que el color no sea un simple complemento del dibujo, sino que ayude a transmitir emociones.

Y aunque es un cómic que hacia el final, cuando casi todas las cartas están sobre la mesa, se vuelve algo previsible, no por ello deja de ser un cómic de lo más entretenido y apasionante que vale mucho la pena descubrir. Por ello yo voy a ir adentrándome en el resto de obras que han realizado estos autores, tanto juntos como por separado con otros colaboradores, porque lo que han hecho aquí me ha dejado con ganas de más.
