Hasta los mismísimos del fin del mundo

Ayer me estaba leyendo el nuevo número de la serie del Caballero Luna, donde Jed MacKay y Devmalya Pramanik siguen realizando un trabajo increíble, cuando un par de líneas de diálogo clavaron algo que llevo sintiendo desde hace tiempo en la ficción. Un sentimiento acerca de un recurso narrativo tan recurrente que ha terminado por perder todo su sentido y que sé que no soy el único que está muy quemado con ello, el querer crear emoción en torno a una historia poniendo en peligro toda la existencia. Algo que en el cómic de superhéroes se ha convertido en algo tan habitual que, al menos a mí, ya me provoca lo contrario, porque cuando cada año te ponen enfrente multitud de eventos y arcos argumentales apocalípticos que sabes que no van a cambiar nada y que tras ello todo seguirá igual, el interés es casi nulo. Y por eso me ha parecido tan interesante, además de irónico, ese diálogo de este cómic que pone el foco en ello.

Estas cosas hace mucho que dejaron de resultar emocionantes

Por expandir un poco lo que decía más arriba, y antes de entrar en materia, yo añoro cuando los eventos cataclísmicos eran algo puntual y extraordinario. Sí, siempre teníamos a algún villano que quería dominar el mundo, invasores extraterrestres, subterráneos, interdimensionales o de donde fuesen, buscando conquistar la Tierra, pero las amenazas realmente cósmicas no eran la norma. Por eso en su día las Crisis de DC fueron tan espectaculares, porque llegaron a un nivel hasta entonces inédito, y tras estas, en eventos como Legends o Millennium, acertadamente optaron por un perfil más bajo.

Que tiempos aquellos en los que no estábamos saturados de cosas así

Pero con el paso de los años esto fue a más, siguiendo más o menos el mismo esquema de los llamados «battle manga», donde se recurre al burdo recurso de tratar de despertar el interés haciendo que cada amenaza sea mayor que la anterior. Algo que llegó al extremo ridículo de que, una vez que han quemado y requemado la destrucción del universo, multiverso o la realidad en general, cuando has tocado techo, ya solo queda repetir el mismo esquema cambiando pequeños detalles aquí y allá. Y cuando has visto un par de veces el universo a punto de ser destruido, o destruido y vuelto a reconstruir, ya no hay mucho más que hacer en esa dirección.

Yo ya he perdido la cuenta de todas las crisis que hemos tenido

Y aquí entramos en el cómic del Caballero Luna que me ha servido como excusa para hablar de esto. En la saga actual el Caballero se está enfrentando a un villano, con raíces muy hundidas en la continuidad de Marvel, que ha capturado a sus seres queridos, y tras comprobar que no podrá rescatarles él solo, ha ido a pedirle ayuda a su amiga Clea Strange, quien ha invocado a una nueva encarnación de los Hijos de la Medianoche, como hacía Stephen con sus Defensores Secretos. Y entre estos se encuentra Robbie Reyes, el Ghost Rider del coche (¿Piloto Fantasma lo tradujeron por aquí?), con quien Spector tiene una relación algo tensa por haberle robado el coche en el pasado, y que había estado desaparecido desde el final de la etapa de Jason Aaron al frente de los Vengadores, cuando ayudó a evitar otro evento cataclísmico que amenazaba con destruir todo el multiverso.

Pero no fue un evento que me apetezca revisitar

Algo que ha dejado a Robbie un tanto quemado, con perdón por el chiste facilón, quien, aunque habla de su experiencia personal sacrificándolo todo para salvar la realidad, parece estar verbalizando ese sentimiento que parece cada vez más generalizado, cuando dice que ya ha tenido bastante de salvar el mundo para toda la vida. Aunque resulta irónico que sea Jed MacKay quien escriba esto cuando su etapa en los Vengadores giró en torno a un MacGuffin cósmico que buscaban Kang, los Vengadores y la Twilight Court y que tenía el poder de destruir el cosmos entero y construir uno nuevo en su lugar, casi lo de siempre en este tipo de historias.

No es el único que esta cansado

Y quiero pensar que MacKay es plenamente consciente de que él mismo ha caído en ese recurso ya tan gastado cuando el Caballero Luna le explica a Robbie que no está ahí para pedirle que le ayude a salvar el mundo, sino «su mundo», toda la gente a la que quiere, su familia, algo que Robbie comprende a la perfección y decide ayudarle. Un ejemplo perfecto de que se puede hacer una historia emocional y que despierte interés, pero en donde no esté en juego el multiverso entero, sino algo que en la escala cósmica pueda llegar a ser insignificante, pese a su importancia para quienes protagonizan la historia.

Es mas fácil conectar con historias así

Un aspecto que demasiado a menudo parecen haber olvidado en el género superheroico, recurriendo una y otra vez a lo facilón, cuando a un nivel emocional puedes ser muchísimo más efectivo al reducir la escala. Porque aunque la amenaza cósmica pueda llegar a ser espectacular, en pequeñas dosis al menos, es algo demasiado abstracto para que el público pueda empatizar con ello, ya que en nuestro día a día eso es algo que solo encontramos en la ficción. Pero historias como estas, en las que detrás de todo ese trasfondo fantástico lo que encontramos es a alguien con miedo a perder a la gente que quiere, eso es algo que cualquiera puede comprender y sentirse identificado.

Ver al Caballero Luna tan vulnerable emociona mas que ver mundos genéricos explotando

Y lo triste es que si nos ponemos a pensar en las grandes historias del género, muy a menudo nos encontramos con que funcionaban precisamente porque apelaban a esa escala más humana. Kingpin destruyendo la vida de Matt Murdock en Born Again, la Cosa del Pantano tratando de comprender quién era realmente y si era digno de la mujer a la que amaba, Visión perdiendo a la familia que se había construido, el Capitán América salvando su país de locos que querían dar un golpe de Estado… E incluso en historias en apariencia más cósmicas como la Saga de Fénix Oscura, lo realmente importante allí era la tragedia de Jean Grey y su sacrificio. Pero en todos esos casos y muchísimos más, hay que construir una historia coherente, caracterizar bien a los personajes, darles motivaciones y reacciones creíbles, y sobre todo, cuando terminaban, los personajes habían cambiado, habían crecido. Pero es mucho más fácil poner de nuevo el universo en peligro y que todo se solucione disparando rayos de colores, pegándole a algún villano tocho y que al acabar todo siga como siempre hasta el siguiente evento.

No hace falta destruir universos para crear algo emocionante

Un problema que he visto reflejado, y yo mismo lo he sentido un poco, con el reciente tráiler de Avengers: Doomsday, donde de nuevo nos encontramos ante una amenaza aún mayor de la que representaba Thanos con su Guantelete, con los universos chocando entre sí, el destino de todo lo que existe y la promesa de que después de esto ya nada será lo mismo, lo de siempre. Y aunque yo personalmente hubiese preferido algo a menor escala para el regreso de los Vengadores a la gran pantalla, espero que al menos los hermanos Russo y su equipo hayan sido capaces de crear una historia que ponga el foco en los personajes y no en la destrucción a su alrededor, porque eso es lo que de verdad consigue que una historia sea memorable. Aunque admito que ahora mismo mi confianza está a medio gas.

A estas alturas esto ya lo tengo muy visto

Y aunque por desgracia sé que nos van a seguir saturando año tras año con más eventos de esos en los que el mundo, el universo o el multiverso estarán en peligro, incluso en dos o tres eventos al mismo tiempo, por suerte aún quedan cómics en donde lo importante de la historia consiste en salvar a un pequeño puñado de personas, porque a veces para mucha gente eso es tan importante o más que el mundo entero y porque historias así acaban resultando mucho más interesantes.

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