Hoy quiero hablar de un libro que estos días me ha dejado descolocadísimo, en el mejor de los sentidos, Cuarentena, de Greg Egan. Un libro que combina elementos tan dispares como el noir, el cyberpunk y la mecánica cuántica, y con los que Egan construye una historia compleja y enrevesada en la que nunca sabemos hacia dónde nos llevará a continuación y en la que cada nueva revelación nos obliga, junto a su protagonista, a replantearnos lo que creemos que está sucediendo. Y aunque es un libro que resulta duro en algunos momentos, es uno de esos que valen mucho la pena por ser un gran ejemplo de las enormes posibilidades de la ciencia ficción.

Un día, una burbuja de origen desconocido envolvió por completo el sistema solar, aislándolo del resto del universo, aislando a la humanidad incluso de la vista de las estrellas, desencadenando un caos en la Tierra cuyos efectos se siguen sintiendo décadas más tarde. Treinta años después de aquello, el detective Nick Stavrianos es contratado para encontrar a una paciente psiquiátrica que ha desaparecido sin dejar ni rastro del hospital privado en el que se encontraba internada. Un caso aparentemente rutinario que llevará a Nick a viajar hasta Nueva Hong Kong, donde se encontrara en medio de una serie de conspiraciones dentro de conspiraciones, y con una gran corporación que tiene en sus manos la herramienta para cambiar por completo el destino de la humanidad.

Hacía tiempo que una novela no me sorprendía tanto a cada página, especialmente por lo habilidoso que ha sido aquí Greg Egan a la hora de interconectar temáticas y géneros tan dispares. Porque cuando comienza este libro, con la aparición de la burbuja y cómo esto desencadena una oleada de terror, fanatismo religioso e incluso terrorismo, parece que nos vamos a encontrar ante una historia casi postapocalíptica, hasta que damos un salto de treinta años hacia el futuro. Allí nos encontramos con que la humanidad acabó adaptándose a esa nueva situación, y exceptuando la curiosidad de la comunidad científica y algunos remanentes de los grupos más radicales que querían ver en la burbuja una señal de lo que les convenga en cada momento, ya casi nadie parece prestar atención a su existencia.

Y entonces nos encontramos ante lo que parece que va a ser una historia noir de lo más clásica, con un solitario y cínico detective privado a quien un día contratan de forma anónima para encontrar a una mujer que ha desaparecido del hospital donde llevaba años internada debido a su severa discapacidad intelectual. Ahí nos vamos encontrando todos los lugares comunes del género, las diversas teorías sobre lo sucedido, las entrevistas con la familia y el personal del hospital… y la sensación que tiene el protagonista de que ahí está sucediendo algo más serio que una paciente que ha sido capaz de burlar todos los sistemas de seguridad del centro.

Pero durante todo ese tramo el libro se va zambullendo cada vez más en el cyberpunk. Poco a poco descubrimos un mundo que poco tiene que envidiarle a los creados por William Gibson, en donde la información es el activo más valioso que existe, donde por el precio adecuado se puede averiguar prácticamente todo. También nos encontramos con que Nick posee en su cabeza diferentes módulos neuronales que le permiten, entre otras cosas, alterar su propio comportamiento para ser más eficiente en su trabajo, dejar de sentir las cosas que le hacen sufrir o conectarse a drones minúsculos capaces de realizar labores de espionaje inimaginables. De nuevo parece que ya nos encontramos en terreno familiar: hackers traficando con todo tipo de datos, el cerebro humano convertido en un disco duro inmenso, megacorporaciones con demasiado poder, experimentación ilegal con personas…

Pero de nuevo el libro da un giro radical para meternos de lleno en el terreno de la mecánica cuántica. Y aquí tengo que advertir que esta parte de la novela se vuelve algo dura, porque Egan se vuelca al máximo con este tema, convirtiéndose en el eje principal de la novela durante los dos últimos tercios de la misma, más o menos. Y aunque, por suerte, este utiliza el desconocimiento absoluto de Nick sobre estos temas para que le expliquen lo que va sucediendo en términos lo más sencillos posibles, hay que reconocer que hay momentos en los que cuesta seguir el ritmo de las revelaciones que se van sucediendo y las implicaciones que estas tienen sobre todo lo que ha estado sucediendo hasta entonces.

Ese tramo más fantástico e irreal de la novela, que es al mismo tiempo el más complejo y el más interesante, no debería ser demasiado complejo de seguir para cualquiera que lleve tiempo leyendo literatura fantástica o cómics de superhéroes (entender la continuidad de DC es más complicado que esto), pero sí que hay que prestarle mucha atención. Y aunque es ahí cuando todo comienza a tener sentido, más o menos, Egan lo utiliza como trasfondo para tocar unos temas mucho más cercanos a nuestra realidad. Ahí se cuestiona lo que es la identidad propia e incluso la misma realidad, los peligros de la tecnología sin control y cómo esta puede llegar a afectarnos cuando dependemos demasiado de ella. Unos aspectos que pueden llegar a quedar eclipsados tras los elementos más fantásticos, especialmente con ese final que poco tiene que envidiar al trabajo de autores como Dick o Ballard, pero que acaban siendo los más satisfactorios de la novela.

Y pese a esos momentos en los que la lectura se vuelve bastante densa y dura, vale mucho la pena remontarlos, porque el resultado final es un libro que no deja de sorprendernos a cada capítulo. Tanto por los aspectos científico-teóricos que nos plantea, como por esa advertencia nada sutil sobre los peligros de una tecnología que ya en 1992, cuando Egan escribió esta novela, comenzaban a ser preocupantes y que, en nuestro presente, es una advertencia más necesaria que nunca.
