If Destruction Be Our Lot – La segunda revolución de los robots

Terminamos la semana volviendo a dos de mis temas favoritos, los cómics y la ciencia ficción. Dos intereses que convergen en If Destruction Be Our Lot, una miniserie escrita por los hermanos Matthew y Mark Elijah Rosenberg, dibujada por Andy Macdonald y coloreada por Francesco Segala, quienes nos llevan a un futuro postapocalíptico en el que los robots han acabado con la humanidad y se han apoderado del mundo entero. Un cómic que nos muestra la faceta más humana de los robots, incluso cuando estos reniegan de ella, y en la que estos tendrán que acabar planteando que quizás las cosas no están mejor de lo que lo eran antes.

El genocidio es mala idea

Casi un siglo después de la extinción de la humanidad, la sociedad de robots que provocó su fin y ocupó su lugar sigue adelante. Pero lejos de ser una sociedad idílica y perfecta es un mundo en el que multitud de robots siguen ejecutando las tareas para las que fueron programados aunque ya no tenga sentido realizarlas, bandas de chatarreros merodean en los lugares apartados de las ciudades para robar piezas a cualquier robot insensato que ose pasar por allí en solitario, y en donde cualquiera que no esté funcionando del todo bien es sacrificado y reciclado. Y en ese mundo vive Abraham Lincoln, un animatrónico casi convencido de ser el auténtico presidente y que es de los pocos que se plantea que el mundo no era tan malo cuando había humanos alrededor, y que tiene que haber algo más en la vida que ejecutar las mismas tareas una y otra vez hasta caerse a pedazos. Y es este precisamente quien un día de forma accidental descubre que igual uno de sus deseos no es tan imposible como parecía…

Pero mejor que no se le ocurra pasar por el taller

Matthew Rosenberg es uno de esos guionistas de quien nunca he leído nada que me haga renegar de su trabajo pero tampoco nada que me haya hecho seguir con atención su carrera, y aquí además coescribe junto con su hermano Mark Elijah Rosenberg, un director y guionista cinematográfico de quien jamás había oído hablar. Pero la premisa de este cómic me intrigaba, y lo que había visto del apartado gráfico a cargo de Andy Macdonald y Francesco Segala me había atraído mucho, por lo que tratándose además de una miniserie de tan solo cuatro números me decidí a darle una oportunidad. Y tengo que reconocer que este cómic me ha sorprendido mucho y para bien, ya que detrás de esa premisa un tanto disparatada se encuentra una historia algo tierna y cafre que no desentonaría para nada en las páginas de 2000 A.D. o en la serie Love, Death & Robots.

Menudo drama existencial

Los dos elementos que más me han llamado la atención de este cómic son primero ese protagonista tan absurdo, y el retrato que hace de esta sociedad robótica. Con esta última nos encontramos con que ochenta y pico años después de la extinción de la humanidad muchos robots siguen repitiendo las tareas para las que fueron creados, sin que ningún otro se haya molestado en reprogramarlos. Así nos encontramos con robots cocineros que llevan décadas preguntándole a todo robot que se encuentra si quieren comer algo, recibiendo siempre una negativa, o autobuses que siguen realizando sus rutas preprogramadas pese a que hace casi un siglo que no tiene un solo pasajero a bordo. Y esos son los afortunados si los comparamos con los que sufren desperfectos o han sido infectados por algún virus, a los que solo les queda esperar a ser desguazados o sobrevivir como pueden robando piezas a sus congéneres.

Hay que sobrevivir

Una sociedad que sin que la mayoría de estos robots sea consciente es una dictadura consagrada a mantener el orden establecido, con una fuerza policial encargada de mantener dicho orden a cualquier precio, anulando cualquier amenaza que cuestione su funcionamiento, ya sea reseteando y borrando la memoria de quienes hayan visto u oído algo que no debían, y en casos extremos desguazando a los infractores. Todo para que nada cambie en ese mundo en el que se esconde mucho más de lo que parece, como el destino de la humanidad.

Y aquí no ha pasado nada

Y ahí en medio encontramos a Abraham Lincoln, un animatrónico defectuoso que no recuerda apenas nada anterior a la revolución más que la información del auténtico Lincoln que le programaron en su memoria, con quien no funcionan los procesos habituales de formateo y que demas de añorar los tiempos en los que ellos coexistían con los humanos, esta convencido de que su destino no puede limitarse a repetir hasta el desguace las mismas tareas. Una eleccion de protagonista de lo mas interesante, sobre todo en su papel de, sin pretenderlo y sin ser consciente de ello, estár en proceso de liberar a estos esclavos que no son capaces de darse cuenta de que lo son.

Igual es que le programaron demasiado bien

Unas intenciones que ya nos quedan claras desde el propio título escogido para el cómic, “If Destruction Be Our Lot” un fragmento del Discurso del Liceo que Lincoln pronunció en 1838 en el que mostraba su preocupación por la sociedad estadounidense, el temor a un posible dictador que buscase el poder absoluto y en el que el fragmento del que se ha sacado el título casi parece una sinopsis del propio cómic: “Si la destrucción ha de ser nuestro destino, nosotros mismos debemos ser sus autores y ejecutores. Como nación de hombres libres, debemos vivir por siempre o morir por suicidio.” Casi parece que Lincoln nos esté haciendo spoilers siglo y medio después de su muerte.

Es curioso sacar la inspiración para un comic de un viejo discurso

Pero es el apartado gráfico de este cómic el que más me llamó la atención en un principio, curiosamente a cargo de un dibujante como Andy Macdonald a quien tampoco nunca había prestado mucha atención (y que había trabajado con Rosenberg en la miniserie del Hombre Múltiple hace unos años) pero que aquí he redescubierto por todo lo grande. Su habilidad a la hora de diseñar incontables robots, todos diferentes y únicos (con algún homenaje descaradísimo que otro) y que resulten no solo interesantes y coherentes con las tareas para las que fueron creados, sino que además resulten expresivos incluso cuando no tienen nada que se asemeje a una cara, es increíble.

Hay que ser muy bueno para esto

Así como lo es también ese escenario inmenso que detrás de esa brillante e impoluta fachada, apreciamos a medida que sus protagonistas se alejan del centro, como refleja los pies de barro de esa sociedad y su cada vez mayor deterioro. Un trabajo al que Francesco Segala embellece con su coloreado, haciendo un uso admirable de la iluminación, aprovechando al máximo las posibilidades que le ofrece un mundo tan poco natural como este.

Al final solo han repetido los errores de sus creadores

Todo esto y su corta duración (aunque confío en que sigan otras miniseries si esta mantiene el nivel de sus primeros números) hacen de If Destruction Be Our Lot una lectura perfecta para estos días tan calurosos en los que no apetece pisar la calle, sino quedarnos a la sombra pasando un buen rato en casa.

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