De nuevo me toca acercarme a un género que, aunque no suele ser mi favorito, de vez en cuando me suele dar sorpresas de lo más agradables. Porque, aunque el White Sky de William Harms, Jean-Paul Mavinga y Lee Loughridge pueda parecer por encima más de lo mismo, un futuro distópico en el que el peligro acecha en cualquier esquina y donde el propio ser humano es en ocasiones tan peligroso o más que los monstruos, va en una dirección diferente a lo habitual en estos casos, despertando primero mi curiosidad y, más tarde, mi interés. Así que vamos a descubrir qué amenaza se esconde bajo ese cielo blanco que ha desatado el infierno sobre la Tierra.

Un día los cielos se volvieron blancos y el mundo tal y como existía desapareció. Cinco años más tarde lo que queda es un mundo desolado y frío en el que merodean oleadas de fantasmas y parcas buscando a los pocos supervivientes que quedan de la humanidad para acabar con sus vidas y arrasando a su paso todo lo que encuentran. Y en ese infierno en vida se encuentra Violet, cuyo padre ha sido capturado por un grupo de esclavistas y cuya única esperanza para reunirse con él es Walter, un hombre extraño y misterioso que posee el poder de sentir la presencia de esas criaturas fantasmagóricas y que parece saber más que nadie de lo que está sucediendo…

Probablemente mucha gente que esté leyendo pensará lo mismo que pensé yo cuando supe de la existencia de este cómic, que estamos ante una historia que hemos visto incontables veces de una forma u otra. Y, aunque eso es parcialmente cierto, las diferencias son lo que me llamó la atención y me motivó a seguir leyendo. Porque, aunque sí que nos encontramos con muchos elementos comunes a cómics como The Walking Dead, videojuegos como The Last of Us o incluso a la novela La carretera (William Harms reconoce las influencias de ambos, pero cita también como máxima inspiración la novela The Reapers Are the Angels de Alden Bell), en la que ya sean monstruos de algún tipo o personas que aprovechan el colapso de la civilización para amasar poder y explotar a los más débiles, la gente inocente siempre es la que más sufre.

Pero aquí hay unos cuantos elementos que van en una dirección diferente a la habitual. De entrada nos encontramos con que, aunque la historia comienza con Violet y su padre viajando juntos tratando de llegar a San Francisco, donde se supone que hay un refugio seguro, no tardan en ser separados y es Violet quien tiene que tomar las riendas de la situación para tratar de rescatar a su padre. Y, para ello, forma equipo con Walter, a quien se ha encontrado encerrado en un sótano, atado a una camilla, que tiene poderes que le permiten anticipar la llegada de esas criaturas que se han apoderado de la Tierra y cuyas intenciones no están del todo claras. Así que nos encontramos con un dúo formado por las circunstancias y con la protagonista teniendo que poner su confianza en alguien que, de momento, no sabemos si de verdad quiere ayudarla o si solo persigue sus propios intereses.

Y, por supuesto, tenemos a los monstruos que han acabado con la civilización, y que, a diferencia de en otro tipo de historias similares, donde encontramos zombis o infectados de todo tipo, con los que se puede lidiar con algo de suerte y armas contundentes, aquí nada de eso es factible. Por un lado encontramos lo que llaman “tormentas de fantasmas”, terroríficas oleadas de espíritus que actúan casi como una fuerza de la naturaleza, haciendo pedazos a quienes se encuentran a su paso o provocando la putrefacción de los cuerpos de los infelices que consiguen escapar con vida. Pero, en otras ocasiones, lo que aparecen son una especie de parcas, espíritus cubiertos con túnicas y capuchas que persiguen activamente a los humanos y de los que se dice que morir a sus manos es lo peor que uno puede experimentar. Y, en ambos casos, se trata de seres inmateriales (cuando les conviene) a los que nada parece hacer daño y contra quienes la única defensa posible consiste en rodearse de un círculo de sal y esperar a que se marchen.

Esto provoca que la dinámica del cómic sea bastante diferente de lo habitual, pese a compartir muchos elementos con otros postapocalipsis, ya que aquí no hay más alternativas que correr o esconderse, porque de momento no parece que exista nada que pueda dañar a esas criaturas. Y, además, tenemos el misterio de lo que son realmente y de dónde han salido, cómo se relacionan las habilidades de Walter con estas y un nuevo y grotesco elemento aparecido en el tercer número (el último publicado) que promete complicar aún más las cosas y aumentar el misterio.

Además, esta aterradora historia de fantasmas, o lo que sean, cuenta con un apartado gráfico de los que da gusto ver. El equipo formado por el dibujante Jean-Paul Mavinga y el colorista Lee Loughridge nos sumerge en este mundo desolado, creando una atmósfera inquietante tanto por lo que nos muestran de los restos de la civilización como por la forma que tienen de jugar con esos cielos blancos que anunciaron el fin del mundo. Un elemento al que recurren a menudo, eliminando fondos en muchas escenas exteriores, y que, a través de ese vacío visual y esa iluminación intensa y ubicua que apenas genera sombras, consiguen transmitir una sensación opresiva y agobiante. Y, a todo ello, tenemos que sumar la forma en la que retratan a estas entidades, lo aterradores que resultan esos fantasmas moviéndose como misiles, esas parcas lentas pero inexorables y, por supuesto, las atrocidades cometidas por los humanos que se han abandonado a sus más bajos instintos.

Y, aunque este cómic se ha estrenado como una miniserie de cinco números, viendo el potencial que tiene la historia y este mundo, y que difícilmente se vaya a poder resolver todo en los dos números que quedan por publicar, yo espero que sea solo la primera de varias series que nos permitan seguir explorando este inquietante mundo y los motivos que desencadenaron la situación actual. Porque la historia que han creado aquí William Harms, Jean-Paul Mavinga y Lee Loughridge merece ser contada en profundidad.
