Voy a hablaros de una película que no se estrena hasta final de mes, y para colmo de males se estrena con un título la mar de retorcido. Quiero decir, supongo que pensaron que traducir «levantamiento» igual sonaba a otra cosa. Yo que sé, la palabra uprising se puede traducir también como alzamiento, pero eso serí bastante contraproducente, sobre todo cuando hablamos de un levantamiento del campesinado de la Inglaterra del siglo XIV. Pero no, aquí la han traducido como «El hombre que desafió al rey».

Que a ver, España es una monarquía y algunos son más aprensivos que otros al respecto, sobre todo cuando la gente está acampando y de paso se lleva la bandera republicana (y me refiero a la de la república española, no la del partido que actualmente cree que gobierna los EEUU) pero me sigue pareciendo muy absurdo el ponerle un título tan largo a la película siendo el original tan claro y preciso. Vamos, no soy yo nadie para hablar de títulos excesivamente largos; el formulario a través del que enviamos los artículos suele dar pequeños consejos sobre lo más apropiado para tener más visitas y esas tonterías de las que pasamos tanto, y cada vez que ve un titular nuestro le dan los siete males. Somos unos rebeldes, yo que sé, y por eso cuando me enteré de que iba la última película dirigida por Paul Greengrass me dije «esta tengo que verla». Porque la cosa empieza con Andrew Garfield empujando un arado después de que la peste negra le matara a toda su familia y a él lo único que le quedara son las cicatrices de haberla sufrido. Con los campos hechos un desastre y la corona de Inglaterra envuelta en la Guerra de los Cien Años, los siguiente que vemos es una escena la mar de cómica y tristemente realista con todo el consejo del rey poniéndose ciegos a comer mientras se preguntan como van a financiar la guerra; primero se plantean sablear a los comerciantes, pero eso conllevaría darles un asiento en el consejo o, lo que es lo mismo, darles poder de decisión, con lo que deciden olvidarse de ellos. Lo siguiente es pedírselo al clero, pero su representante por supuesto se niega. El pedírselo a la nobleza ni siquiera se plantea, porque en realidad la riqueza de la nobleza depende fundamentalmente del pueblo llano, de los campesinos que son siervos, posesión de sus amos. Porque, señores, en la edad media todo el pueblo llano que no vivía en las ciudades era esclavo de un señor feudal, y el que no lo fuera era considerado un criminal o un ser peligroso.

Y ése es el momento en el que realmente brilla la película, cuando el personaje de Andrew Garfield, cuyo verdadero nombre no descubrimos en toda la película, se encuentra a los recaudadores de impuestos abusando del pueblo y pidiéndole a cada uno una contribución proporcional a la cantidad de miembros de su familia; al no ser capaz el protagonista de presentar el certificado de haber pagado el impuesto de decesos de su familia, se le reclama una contribución del triple. Y todo esto lo dice un tipo tranquilamente sentado mientras a un lado unos guardias se dedican a comprobar si una niña es doncella o no, porque eso se traduciría en pagar más contribución todavía para su familia. Greengrass nos muestra todas estas imágenes envueltas en un paisaje completamente seco, muerto, de personajes cansados y derrotados mientras guardias y esbirros del poder van vestidos perfectamente y con una sonrisa de oreja a oreja, aumentando la tensión cada vez más hasta que el protagonista estalla, el pueblo se enfurece y empieza el levantamiento. El objetivo histórico del levantamiento no era otra cosa que hacer una reclamación al rey, hacerle ver que sus recaudadores de impuestos se estaban pasando de la raya. Tal era la confianza de los campesinos en su monarca, que le creían completamente ignorante de estos sucesos, incapaz de semejante crueldad. Veían como seguro responsable del asunto a su consejo de nobles, a consejeros malvados que le habían nublado el juicio o que directamente actuaban a sus espaldas. Y con esa fe totalmente ciega, con esa inocencia, los campesinos aprovechan la ausencia del ejército de su majestad (es lo que tiene estar en guerra con Escocia y Francia a la vez) para tratar de llevarse sus reclamaciones hasta Londres.

Hasta aquí todo bien y, bueno, os recomendaría ver la película cuando se estrene, aunque a ratos la inocencia de los campesinos llegue hasta a enfurecerte; todavía tardaríamos entre cuatrocientos y quinientos años en darnos realmente cuenta de que el derecho divino y todas esas tonterías son paparruchas, que al final todos somos iguales y que lo que necesitamos es organizar una sociedad más igualitaria y justa y no pedir milagros si no construirlos. La sensación de derrota constante que viven unos personajes convencidos de que lo que les está pasando es normal mientras unos jetas los pisotean y consideran a su vez que lo que hacen es lo más justo y lo que querría El Señor es constante en toda la película y busca en todo momento que le gritemos a la pantalla. Ves a esos niños, porque en el fondo son tan inocentes como ellos, pensando que todo va a salir bien, creyendo a pies juntillas en sus fantasías mientras otros se aprovechan de ellos y cuando termina la película te das cuenta de que el mundo sigue esencialmente igual. Que sigue habiendo gente pensando que la culpa nunca es del rey, que la culpa es de todos los intermediarios, de la burocracia y de todos los demás. Que los ricos, los millonarios, tienen lo que tienen porque se lo han ganado trabajando, que no hay nepotismo de por medio, que ellos pueden llegar a ser un dia millonarios así que todo lo que a ellos les conviene a ellos también les beneficiará más pronto que tarde. Algún día seré propietario, y entonces… Ah, entonces….
