Hoy toca viajar de nuevo hacia el pasado, hacia mediados de la década de los setenta, para descubrir una pequeña obra de ciencia ficción que me ha sorprendido muy gratamente, El Alma del Robot (Soul of the Robot) de Barrington J. Bayley. Una novela y un autor que desconocía por completo y que nos ofrece una historia familiar en muchos aspectos y delirante en otros, en la que un robot muy especial busca su lugar en el mundo de formas muy inesperadas. Así que vamos a viajar hasta el lejano futuro que dio vida a este peculiar ser artificial que solo ansiaba saber si era real o no.

Jasperodus fue creado por sus “padres” sin más propósito que simplemente existir. Pero ese completo libre albedrío, inaudito en cualquier robot, era tanto una bendición como una maldición, por lo que su primer acto consciente fue abandonar a sus padres para viajar por el mundo y descubrirse a sí mismo. Un viaje que le llevó por los rincones más inesperados de una Tierra aún recuperándose de la caída del Imperio, en el que Jasperodus fue héroe, villano, fugitivo y salvador, pero sobre todo alguien que necesitaba saber con certeza si era una simple máquina inestable o un ser vivo auténtico.

Rebuscar en tiendas de segunda mano lleva a sorpresas como esta, en la que se pueden hacer dobles descubrimientos como este, ya que no solo encontré una novela que no me sonaba en absoluto, sino con ella un escritor que no sé cómo había escapado de mi radar. Porque aunque el Barrington J. Bayley no es un nombre que me resultase familiar, tenía todas las papeletas para haberlo sido. Amigo de Michael Moorcock y JG Ballard, con quienes desarrolló las teorías que acabaron dando lugar a la Nueva Ola de la ciencia ficción de los sesenta y setenta, y que incluso fue el creador de “The Astounding Jason Hyde” para la revista Valiant de Fleetway, una serie de relatos en prosa ilustrados por Eric Bradbury. Pero en parte porque en España solo se han publicado hasta la fecha dos de sus novelas, este Alma del Robot y El ojo del Terror, su existencia me había pasado completamente desapercibida.

Y lo que nos encontramos en esta novela de 1974, que ampliaba un relato suyo de 1956, “Fugitive”, es otra de tantas historias que juegan con la idea de si un ser artificial es un auténtico ser vivo o una simple máquina, pero llevándolo por territorios algo alejados de lo habitual en aquellos años. Porque este Jasperodus es un ser auténticamente libre, que no se rige por ninguna ley robótica ni posee mecanismos de control alguno como otros robots que se encuentra en sus viajes. Pero al mismo tiempo es como un niño grande sin experiencia alguna, que se fugó del hogar de sus creadores a los pocos minutos de ser activado por primera vez, y para quien todo en el mundo es algo nuevo y sorprendente.

Una curiosidad que le guía en todo momento no solo para descubrir cómo es el mundo que le rodea, sino que, a medida que va conociendo a diferentes personas, y sobre todo a otros robots, le impulsa a tratar de dilucidar si él es simplemente una máquina imperfecta, una que sigue una programación desconocida, o si realmente es, como ansía Jasperodus con todo su ser, un auténtico ser vivo comparable a los seres humanos. Una búsqueda que resulta en cierto modo irónica, porque mientras que Bayley nos cuenta cómo cada experto en robótica que encuentra Jasperodus le confirma que él no es más que una máquina que delira, y que nunca será más que un cacharro, nos muestra con los actos y pensamientos de su personaje una visión radicalmente diferente que este no es capaz de ver.

Esto acaba siendo el aspecto más interesante del libro, ya que Jasperodus no es el robot habitual que encontrábamos en la ficción en aquellos años (y que me recuerda muchísimo en muchos aspectos al más reciente Murderbot de Martha Wells, que fue llevado a la televisión hace nada), este siente, sufre altibajos emocionales muy radicales, cayendo incluso en la depresión, dejándose llevar por la venganza o entablando amistades de lo más auténticas. Y por el camino tiene tiempo de ser un criminal, consejero de reyes y emperadores, mariscal de un ejército, impulsor de varios golpes de Estado y rebeliones e incluso de experimentar con el sexo, en lo que acaba siendo todo un experto.

Pero otro aspecto que me ha encantado del libro es eso que llaman worldbuilding y que aquí Bayley utilizó a la antigua, dando los detalles justos sin saturar al lector con páginas y páginas detallando cada pequeño aspecto. Este nos suelta en una Tierra que hace siglos formó un Imperio unificado que se extendía hasta Marte y las lunas de Júpiter, pero que acabó desmoronándose hace tanto que no se conservan ni los motivos de su caída. Y en el presente nos encontramos con un mundo que aún se está recuperando de todo aquello, donde naves estelares coexisten con coches a vapor, pequeños reinos casi medievales y aspirantes a imperios que luchan entre sí buscando recuperar la gloria del pasado y donde la robótica es una de las pocas ramas de la ciencia que se sigue explorando porque se vive muy bien con sirvientes robots.

Y aunque es una lástima que la corta extensión del libro, poco más de doscientas páginas, no permite profundizar en todos los temas interesantes que se tocan aquí, el resultado final es de lo más satisfactorio y su desarrollo en algunos momentos roza el delirio. Por lo que, aunque no es una de esas obras fundamentales del género, sí que es un buen ejemplo de esa Nueva Ola que buscaba explorar otros temas e ideas dentro de la ciencia ficción, y es además un libro muy divertido y emotivo de los que cuesta soltar. Ahora me tocará buscar en inglés el resto de la obra de Barrington J. Bayley, y recomendar a quienes haya picado la curiosidad esta reseña que, si ven en algún mercadillo o similar esa edición ochentera de portada horrible, no la dejen pasar, porque es un libro de los que valen la pena.
