No enseñes kárate a tus niños: Cobra Kai

Antes que nada tengo que decir que no, no soy fan de Karate Kid, porque siempre me pareció una versión infantil de Rocky mezclada con el tópico del pseudomisticismo oriental intragable que contaminó buena parte de los 70 y 80, y para colmo de males nunca soporté las películas de «teenagers», ni cuando era un crío ni cuando era un teenager y ni mucho menos después de pasar esos años; Karate Kid no era para mi, y por eso lo lógico habría sido que ni me acercara a Cobra Kai. Pero claro, las historias de villanos tratando de levantar cabeza siempre han sido mi perdición…

Tanto Ralph Macchio (no confundir con el editor de Marvel) como William Zabka vuelven a interpretar a Daniel LaRusso y Johnny Lawrence.

A mediados de los 80 Johnny Lawrence era el Flash Thompson de su instituto: campeón de kárate por el dojo Cobra Kai, líder de su propia banda y enrollado con la chica más guapa del pueblo, Johnny no tarda en creérselo y acabar golpeado por el frío suelo de la realidad cuando un niñato enclenque venido de la nada, un tal Daniel LaRusso, le hace morder el polvo en la final del campeonato de kárate de ese año. En poco tiempo aquel niñato indeseable le ha robado el título y a su novia, provocando que su maestro y fundador de Cobra Kai, John Kreese, lo repudie y lo golpee brutalmente, aumentando aun más si cabe su humillación al tener que ser salvado en el último momento por el maestro de LaRusso, un señor mayor llamado Miyagi. Solo y abandonado, Johnny Lawrence termina metido en una espiral autodestructiva de alcohol y miseria de la que no despertará hasta treinta años después, cuando decide reconstruir el Cobra Kai. Y así empieza la serie.

«Johnny el matón», ¡como si el Daniel no hubiera sido también un macarra buscabroncas!

Cobra Kai cuenta como Johnny trata de hacer lo correcto y limpiar el nombre de Cobra Kai para horror de un Daniel LaRusso que ahora es el dueño de su propio negocio y considera a Lawrence y a Cobra Kai como un sinónimo del mal absoluto. Lawrence tampoco soporta a LaRusso, con lo que el motor principal de la serie acaba siendo la relación entre ambos y una rivalidad infantil que los lleva a arrastrar a su guerra personal a todo lo que se les pasa por en medio; ya sea sus alumnos, sus parejas y hasta a sus propios hijos. Allí donde las películas nos planteaban un conflicto de buenos y malos delimitado por el figura casi perfecta del Señor Miyagi, en Cobra Kai todo está lleno de grises y uno nunca sabe hasta que punto unos y otros son malvados a secas o simplemente se están dejando llevar por el rencor o su propia cortedad de miras. Tanto LaRusso como Lawrence se comportan a ratos como los héroes y villanos de la historia, con un LaRusso que una y otra vez demuestra que no aprendió nada de lo que le enseño Miyagi y un Lawrence que habría sido mejor alumno de este último y que seguramente lo habría necesitado más. La serie pondrá el acento en el hecho de que los dos son caras de la misma moneda, y que en último término el enfrentamiento entre ambos es algo tóxico extendido a unas nuevas generaciones que se ven metidas en una espiral de violencia totalmente estúpida e innecesaria.

Los primeros episodios de cada temporada están disponibles gratis en Youtube, pero para verlo todo toca pasar por caja.

Y mientras que la primera temporada viene a replantear el conflicto entre los dos y en cierto modo no deja de ser una versión mejorada y ampliada del primer Karate Kid -sin el pesado de Miyagi, que el pobre Pat Morita hace mucho que nos dejó- la segunda ha ampliado el conflicto cada vez más hasta llegar a darle unas proporciones que me han parecido un tanto exageradas. Tanto a Lawrence como LaRusso sus piques se les van de las manos, y los que al final acaban pagándolo son unos alumnos que pasan de ser amigos entre ellos a odiarse a muerte, contaminando su juicio por el credo trasnochado del Cobra Kai que el propio Lawrence no se cansa de matizar pero que nunca se atreve a cambiar. Para cuando acaba la segunda temporada tenemos una sensación de que lo último que debería enseñarse a un adolescente es como pegarse, y que todas las mamarrachadas sobre el equilibrio que le soltaba Miyagi a Daniel en las películas no han servido para nada, el kárate es pegarse palos.

Y por eso le digo yo a M’Rabo que no se puede vivir siempre en los 80, que la nostalgia es muy mala, ¡pero el muy desgraciado no me hace ni caso y acabará peor que estos!

Pero tampoco nos engañemos, con esto no estoy diciendo que la segunda temporada de Cobra Kai sea peor que la primera, si no que, dejando de lado un ligero cambio de tono en el que se ha abandonado parte del patétismo comédico de Lawrence, ahora nos movemos por un más de lo mismo orientado a una historia que seguramente no veremos mostrar sus verdaderas cartas hasta la tercera temporada que saldrá el año que viene; al final y aunque en todo momento nos estén contando las historias de los alumnos y la familia de Johnny y Daniel, en el centro de todo está el conflicto entre ellos dos, y el objetivo final de la serie no deja de ser el de terminar el trabajo que empezó Barney Stinson en Cómo Conocí a Vuestra Madre: Reivindicar la figura de Johnny Lawrence, el héroe no reconocido de Karate Kid.

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Flippy Mcflipe
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Flippy Mcflipe

«A mediados de los 80 Johnny Lawrence era el Flash Thompson de su instituto»

Y ahora, 30 tacos después, sigue siendo Flash Thompson, si captas lo que quiero decir. Lo único que le falta es haber estado en la guerra.

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No sabía ni que esto existía y sin embargo me parece mas interesante de lo que nunca me lo pareció KK.

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No sabía ni que esto existía y sin embargo me parece mas interesante de lo que nunca me lo pareció KK. Era mecesaria una ficción que afrontatara la realidad: los 80 dejaron taras varias en los que se criaron por entonces.

Ziggy
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Vaya, a este post, Diogenes le faltó escribir que sería legen… prepárate… dario. Legendario.

Zatannasay
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Zatannasay

Es interesante solo por la cuestion de que pocas veces se explora lo que pasa después del «Final feliz» de las películas.

Y sí, mucha morralla pseudomisticaoriental era solo una falacia para no decir que quieres dar palos a quien te cae mal.