Pues se ha acabado The Mighty Thor. Cuando ya no había ruido y furia, cuando las broncas de twitter se habían calmado y cuando todo el mundo miraba hacia los calzoncillos de Superman, la historia que Jason Aaron llevaba contando desde hace cuatro años -toda una eternidad la muchachada- ha terminado. Y nos toca sacar conclusiones.

¡Lo que hacen algunas por buscarse un hueco en el Valhalla!

De entrada tenemos lo que todos nos temíamos, Aaron tenía pensada desde el principio una historia y las circunstancias (los dineros) hicieron que se saliera de madre. La idea de hacer que Thor perdiera la fe en si mismo y en los dioses en general tras su enfrentamiento contra Gorr -el Canicero de Dioses-, haciéndole pensar que los dioses igual estaban haciendo más mal que bien, era bastante interesante sobre el papel; la relación entre un universo tecnológico en el plano portal y algo tan arcaico como el plano divino no dejaba un tema por el que otros autores habían pasado de puntillas y la mayoría recurrían a la suspensión de la incredulidad o a la explicación Arthur C Clarke de que cualquier tecnología suficientemente avanzada parece magia. A Jason Aaron no le preocupa tanto esto último como el papel paternal de los dioses respecto a la humanidad, guiándola y ayudándola en su infancia y “abandonándola” en su madurez. Está claro que cuando Los 4 Fantásticos se enfrentan a Galactus o los Vengadores a Thanos, la humanidad ya ha alcanzado la autonomía como para que los dioses no sean necesarios, y los dioses deberían haberse vuelto inútiles, pero la gente sigue rezando.

Y mira que nos lo estaba avisando Aaron desde el principio…

Thor se da cuenta de que los dioses están frenando el progreso de la humanidad, pero lo niega durante su enfrentamiento contra Gorr y la idea lo va reconcomiendo durante meses hasta que Mjolnir lo rechaza por indigno (NOTA: Mjolnir es gilipollas, si quiere un Thor fanático haber escogido al nazi). Porque claro, Aaron nos cuenta que Mjolnir es un ser “vivo” y el discurso de Gorr también ha calado en el… Jodiendo bastante la idea de un Thor que duda más por su propia nobleza que porque el entorno le obligue; puede que subconscientemente se sienta indigno, pero lo que no hace falta es que el martillo lo señale con el dedo. Creo que toda esa parte sobraba, sobre todo teniendo en cuenta la forma en la que Marvel llevó todo ese tramo de la historia, buscando la truculencia donde no la había y guardando en el más riguroso de los secretos lo que Nick Furia le había dicho a Thor en Original Sin para “hacerlo indigno” -obviemos que Original Sin es uno de los crossovers más nefastos a este lado de Fear Itself- para poder tener una revelación tremenda más tarde y vender más la serie limitada de “Unworthy Thor” -que, dicho sea de paso, se retrasó lo indecible-. Mientras tanto tuvimos a Secret Wars de por medio enmarañándolo todo y una desconocida tomando el manto de Thor con la consiguiente campaña de marketing insistiéndonos en que Thor es un nombre de señora, llegando a insistir por activa y por pasiva que Bill Rayo Beta se hacía llamar Thor y citando todos los ejemplos de falsos Thor que se les pasaban por la cabeza.

¿Tan complicado era empezar el nuevo Thor con esta escena? No, pero buscar la polémica siempre da más ventas, al margen de que a largo plazo pueda dar muchos más dolores de cabeza.

La calidad de la serie se resintió gravemente con enfrentamientos absurdos como el de Titania, o el mantener durante 8 números el secreto de la identidad de la nueva Thor sin ninguna justificación narrativa, con un Aaron que parecía más preocupado por hacer tiempo que por continuar las tramas que había dejado colgadas antes de Original Sin. Malekith y Roz aparecían de fondo de vez en cuando, pero la guerra de los Reinos se tomó un ligero descanso entre peleas con Odin y el machismo más rancio hasta que por fin terminaron las Secret Wars y Aaron continuó la historia que estaba contando originalmente, momento en el que Jane empezó a brillar como Thor y la serie ganó muchísimos enteros cuando pudimos dejar de preocuparnos de que Jane tuviera demasiado éxito y la política empresarial de Marvel forzara a cambiar un final que estaba telegrafiado desde la primera vez que nos enteramos de que Jane estaba enferma de cáncer. Y a partir de ahi su lucha, sus desvelos y su muerte se convirtió en el foco principal de una serie que recuperó su nivel original. Al final nos quedamos con esa imagen de Thor besando a la otra Thor, preguntándonos hasta que punto Aaron no quería reivindicar la pareja de Jane y Thor, y a quién puñetas se le ocurrió liarla con Sam Wilson si los dos estaban hechos el uno para el otro.

Pobre Sam Wilson, le quitan el escudo, le dan su propia serie pero es lamentable, su novia se morrea con otro y ni se acuerda de él justo antes de morirse…

Nos queda ahora el epílogo, el ver los cabos sueltos. El saber como Thor vuelve a ser Thor -insisto, esto ha sido tan absurdo como si me llamo Manolo García y por sentirme indigno me hago llamar “el García” mientras mi prima se hace llamar Manolo-, como recupera su martillo y como sigue Malekith liándola. Habrá que ver como sigue la cosa y si Mike del Mundo -como molaba Weirdworld- consigue estar a la altura del trabajo de Russell Dauterman, que de él nunca se podrá decir que bajó el pistón en ningún momento.

¿Que si Jane volverá? Prefiero que otros jueguen a especular, que con el cáncer no se juega…

 

 

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