Cuando en 1971 Jack Kirby empezó su contrato de tres años ampliables con DC Comics, la situación ya no era la misma que diez años antes. El mundo del cómic y el cine habían cambiado, y mientras que la filosofía de Kirby sobre la necesidad de que el cómic fuera más allá de la realidad continuaba siendo rechazada en medios de masas como el cine o la televisión que seguían usando el “basado en hechos reales” como reclamo comercial, series como Star Trek o películas como El Planeta de los Simios habían dejado claro que había potencial para una ciencia ficción más arriesgada, más parecida a la que Kirby quería desatar sobre el mundo del cómic.

Moteros atropellando a Superman, coches voladores y Jack Kirby soltándose el pelo, ¿que puede salir mal?

Porque Jack Kirby había llegado a DC con un objetivo claro, sobrepasar todo lo que había hecho en Marvel hasta la fecha contando la mayor epopeya jamás narrada en un cómic. Iba a estar escrita y dibujada por él mismo -su contrato con DC lo decía muy claro, nada de mangoneos con diálogos ajenos ni nada parecido- y sería una evolución de todas las ideas para Thor que ya tuvo en su día y que un miope Stan Lee había sido incapaz de aceptar. Pero, como decía, el mundo del cómic ya había cambiado en 1971, y si bien iba a cambiar aún más a lo largo de la década, la presencia de editoriales como Warren rompiendo gran parte de los límites impuestos por el Comics Code Authority y mostrando una mezcla entre horror y ciencia ficción inédita desde los tiempos de la EC ya estaba cambiando el juego por completo; si sumamos a todo esto que autores como Robert Crumb y otras criaturas del underground estaban dejando claro que el LSD universalizaba para los autores de cómic mundos que hasta entonces sólo habían estado al alcance de titanes como Steve Ditko o el propio Jack Kirby, como que estaba claro que la tarea de reconquistar el mercado para DC no era algo sencillo.

Esto se publicó en la época de las historias imaginarias de Superman. Locurón.

Sin embargo y para calentar motores, Jack Kirby sí empezó por algo sin muchas complicaciones, una serie que se había quedado sin autores y en la que no molestaba a nadie: Superman’s Pal Jimmy Olsen. No es que a Kirby le interesara mucho el trabajar con Superman -odiaba trabajar con personajes ajenos- pero era una buena forma de introducir su estilo a los lectores de DC y pasarse por el forro todo lo anterior porque, no nos engañemos, tampoco es que Jimmy Olsen tuviera unos lectores muy escrupulosos. Así que de entrada nos trae de vuelta a la Newsboy Legion -que se convierten en los coprotagonistas de la serie, ninguneando en muchas ocasiones al propio Olsen y hasta a Superman- e introducen una variedad de tramas que, si bien la serie de Jimmy ya era a ratos estrambótica, la mezcla de géneros a la que Kirby somete a la serie la convierte en una montaña rusa totalmente inédita en los cómics de DC de la época. Si sumamos a todo esto el hecho de que buena parte de las historias de Superman a posteriori se nutrirían del Proyecto Cadmus y los personajes que Kirby despliega durante esta etapa, nos queda claro que hasta este “ligero entremés” dejó su huella.

Aquí Mark Evanier contándonos como DC “embellecía” a Kirby por decreto.

Y sin embargo y por mucho que Kirby pareciera hacer lo que le da la gana, esta etapa no esta exenta de imposiciones editoriales. Desde mamarrachadas como redibujar la cara de Superman sin decirle nada -porque su versión no se parecía lo suficiente a la de Curt Swan- hasta colocar a un cómico que supongo que sería conocido en su época en la portada del número 141 y hasta hacerlo parte de la trama principal de un par de números, a Kirby le queda claro que ni el entintado de Vince Colletta le va a hacer sentir “como en casa”. Que ojo, este es un Colletta que se toma su tiempo y hace un trabajo muy superior al que hacia en Marvel en los quince números que realizan juntos desde el 133 al 148. Y si durante la etapa de Kirby teníamos un coche volador, monstruos genéticos y demás parafernalia, en el número 149 tendríamos un regreso a la DC más rancia, sin la Newsboy Legion o Cadmus por ningún lado y portadas y portadillas “impactantes” con tramas construidas a su alrededor para justificarlas. Triste, pero afortunadamente Jack Kirby estaba trabajando en cosas mejores…

No, no en Marvel. ¡En Marvel lo que hacían era aprovechar para meter su nombre donde podían!

Porque claro, toca hablar de El Cuarto Mundo. Estaba claro que Jimmy Olsen no acababa de satisfacer el mono que sus seguidores en Fantastic Four o Thor tenían por el propio Kirby, con lo que el retorno a la grandeza que se entreveía de la historia del choque legendario entre un mundo de luz y uno de oscuridad que mantenían una guerra legendaria entre criaturas que se asemejaban y declamaban como el Doctor Muerte, Estela Plateada, Thor y demás pesos pesados de las páginas doradas de Marvel presagiaba que por fin había llegado la hora de ver como Kirby demostraba que Stan Lee no era el Walt Disney de Marvel, a pesar de que el hombre a mediados del 72 hubiera empezado a colocar un letrero de “Stan Lee Presenta” en todos los cómics de Marvel. Que no es que esto último fuera culpa del propio Stan Lee si no de sus jefazos de Cadence, pero la cuestión escocía igualmente, a pesar de que son numerosos los cómics de Marvel por la época en los que se menciona a Jack Kirby, tal vez para contrarrestar el autobombo que se daba la Distinguida Competencia en aquel momento por haberlo fichado. Tanto da, con portada de marzo de 1971 aparecía el primer número de The Forever People, y un nuevo Kirbyverso se pone en marcha.

DC apostaba fuerte por Jack, pero en la redacción seguía habiendo escépticos…

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