Ha pasado más de un año ya desde que Karen Berger anunció la creación de su propio sello dentro de Dark Horse y, más allá de un artículo sobre la antología Hungry Ghosts y el obligatorio repaso al Seeds de Nocenti y Aja -la serie estrella del sello- no hemos hablado mucho de las otras series. Empecemos por Mata Hari, la serie con la que empezó el sello y que viene realizada por Emma Beeby y Ariella Kristantina.

Vertigo tenía mucha morralla, ¿la tendrán los Bergerbooks?

Beeby es otro de esos talentos británicos que tanto le gustó pescar a Berger en sus tiempos en DC, y es la primera mujer en guionizar una historia del Juez Dredd, además de haber sido la guionista habitual de varios de los cómics de Doctor Who en Titan Books. Por su parte, la dibujante Ariella Kristantina la podíamos conocer por su estilo chapucero en el Deep State que realizo junto a Justin Jordan en Boom, el cual parece haber abandonando en favor de unas líneas más definidas que le vienen bastante mejor para la historia que están contando y además resaltan más sus virtudes de lo que ocultaban sus defectos en Deep State. Pero lo dicho, empecemos con Mata Hari…

Tres tebeos, tres protagonistas femeninas. Y luego dirán que los tebeos no están cambiando…

La serie se situa durante el juicio de la espía Mata Hari durante la Primera Guerra Mundial, haciendo un repaso de toda la vida de la bailarina exótica y contándonos todos los golpes que la vida le dió a la pobre. Mata Hari cuenta su vida mezclando datos, engañando a los militares franceses y hasta al propio lector, proporcionándonos un relato en el que termina siendo heroina y a la vez víctima de una sociedad que nunca quiso permitirle ser quien quería ser condenándola a una vida de esquivar golpes -tanto en lo metafórico como en lo literal- por ser mujer y mestiza. Mata Hari, como el mundo en el que se mueve, es un cómic imperfecto, apresurado en su realización y que creo que habría disfrutado mucho más con un cambio de enfoque en el apartado visual. Otro tipo de coloreado que no respondiera tanto al estándar de la industria y probablemente más tiempo en su desarrollo no habría venido mal, porque además el guión de Beeby habría ganado mucho más con un tratamiento narrativo más cercano al surrealismo que a lo literal. El resultado que tenemos así es un cómic irregular, dando la impresión en todo momento de un potencial que no termina de ser explotado en ningún momento. Una pena.

Vamos, que gráficamente Mata Hari a ratos parece un cómic de Zenescope.

She Could Fly lleva ya dos números en el momento en el que escribo esto y viene realizado por Christopher Cantwell y Martín Morazzo, siendo el primero el creador de la serie de TV Halt and Catch Fire sobre los inicios de internet -no me preguntéis, yo no la he visto- y el segundo el colaborador habitual de Joe Harris en The Great Pacific y Snowfall para Image, demostrando aquí que sigue mejorando como artista con un dibujo que remite especialmente a lo ya visto en la segunda.

Vivir en la cabeza de Luna es todo un infierno.

El cómic nos cuenta la historia de Luna, una adolescente con ligeros brotes psicóticos de los que trata de escapar tratando de contactar con una misteriosa mujer voladora que trae de cabeza a todo internet. A medida que avanza la serie conoceremos también a un físico -Bill Meigs- que está relacionado con la creación de la misteriosa mujer voladora y un misterioso experimento con un acelerador de partículas. A falta de conocer su conclusión, She Could Fly me parece una serie más interesante por la enfermedad mental de Luna que por el misterio de la mujer voladora, explorando que supone para un adolescente tener que lidiar con los problemas de pasar de la infancia a la madurez además de tener todo tipo de alucinaciones que te incitan a odiarte a ti mismo. No es precisamente una bonita historia de una chica que aprende a volar y que la vida es maravillosa, vaya.

Alec Guinness no es, desde luego.

Y finalmente tenemos Olivia Twist, una historia sobre un brexit salido de madre -como si no lo estuviera ya bastante- en la que la xenofobia llega al extremo de segregar al personal en campos de concentración y mezclarse con un pánico a la singularidad -usease, que las inteligencias artificiales nos hagan un Skynet/Ultron- que desemboca que la protagonista se quede huerfana y explotada hasta los 18 años montando máquinas, trabajando al servicio de un tal Mister Bumble. Vamos, que lo que tenemos es una puesta al dia del Oliver Twist de Dickens a cargo de Darin Strauss, Adam Dalva y dibujado por Emma Vieceli. Probablemente el cómic más potable de los tres tanto en guión como en el dibujo, aunque si eres una criatura sin sentimientos a la que no le gusta Dickens, supongo que abominarás de ella. Gentuza.

Vamos a dejarlo en que es un Londres Brexitpunk, vaya.

Nos quedaría por repasar reediciones como The Alcoholic, Incognegro y su precuela -que ésa si que es original- o series que están al caer como LaGuardia -inmigración alienígena en el aeropuerto de Nueva York- o el Invisible Kingdom de G. Willow Wilson, pero para eso y para volver sobre Seeds ya habrá tiempo. Lo cierto es que el balance de Berger Books tiene sus luces y sus sombras, dejando claro que a Karen Berger sigue sin temblarle el pulso a la hora de experimentar y hacer apuestas arriesgadas, cosa de la que nos alegramos porque es precisamente lo que hizo que Vertigo triunfara en su día y abriera un mercado distinto en el cómic norteamericano.

Y con esto ya me he quitado la espinita de no haber hablado más de Berger Books, ea.

 

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