Que falta nos hace el optimismo en la ciencia ficción

El estreno en unos días de Project Hail Mary/Proyecto Salvación en los cines (y que espero con muchísimas ganas tras leerme el libro de Andy Weir en el que se basa) me ha hecho pensar en lo necesario que es el optimismo en la ciencia ficción, ese género que siempre ha buscado tratar de reflejar nuestro presente o hacernos soñar con futuros diferentes, especialmente en estos tiempos en los que vivimos, y cómo eso es algo que, aunque afortunadamente nunca se ha ido del todo, en los últimos tiempos está volviendo con bastante fuerza. Porque, aunque sea de mentira, en libros, cómics, series, películas, videojuegos, etc., el contar con obras que nos muestran no necesariamente un futuro mejor, pero sí uno en el que se aspira a ello, son bastante más saludables para la mente que la infinidad de distopías y dramones que se recrean en recordarnos que a veces vamos cuesta abajo y sin frenos hacia lo peor.

Que bonito seria que el futuro fuese como lo dibujaba Robert McCall

Ojo, que con esto no me refiero a que quiera ficción libre de drama, en la que todo sea perfecto y maravilloso ni mucho menos. Lo ideal sería que ambas corrientes coexistieran, ya que el contraste entre que todo vaya mal, pero pese a todo se superen las adversidades, es lo que hace que ese optimismo en la ficción funcione. Mi problema es cuando las historias se nos plantean desde una perspectiva derrotista, en la que es imposible que las cosas salgan bien porque se acumulan las tragedias, que es algo que, para mucha gente, de quienes prefiero no decir lo que pienso, es más “realista”. Aunque, dejando a un lado mentalidad en la que todos en algún que otro momento caemos, la realidad es que en muchos casos sencillamente resulta más fácil y rápido crear una historia en la que todo sale mal que tratar de imaginar cómo podrían ir a mejor. Algo en lo que, por suerte, parece que se está poniendo cada vez más de moda esto último.

Que Blade Runner es un peliculón, pero no me gustaría vivir allí

Sin ir más lejos, las novelas de Andy Weir, quien me ha inspirado en parte a escribir esto, tocan eso de lleno. Tanto en El marciano como en Artemisa o en Proyecto Hail Mary nos encontramos a personajes en situaciones desesperadas, que llegan a perder por completo la esperanza, pero que, pese a todo, consiguen levantarse, intentarlo de nuevo y superar esos obstáculos. Algo que en todos los casos no es una tarea individualista (otro de los crímenes de demasiada ficción), sino un trabajo en grupo, en donde la colaboración entre varias personas, o seres, es fundamental para triunfar, ya sean el personal de la NASA, que tanto en la Tierra como en el espacio ayudaron a Mark a volver a casa, los amigos de Jazz en la Luna, que formaron equipo con ella para salvar su hogar, o ese ingeniero alienígena apodado Rocky, al que me muero de ganas de ver en imagen real en los próximos días entablando amistad con Grace.

Que ganas de que sea viernes

Unos temas que formaban uno de los ejes principales de la malograda Starfleet Academy, que, pese a sus muchos problemas (que espero que hayan solucionado en su segunda y última temporada), donde la galaxia aún se estaba recuperando de una tragedia cataclísmica, y tanto a través de la colaboración y amistad entre los diferentes mundos que regresaban a la Federación, como a un nivel más personal entre los estudiantes y profesorado de la academia, siempre estaban en primer plano. Algo que, desde una perspectiva algo menos fantástica, también encontramos a lo largo de todas las temporadas de una de las mejores series del momento, For All Mankind. Una serie que, aunque no está exenta de drama y tragedias ni muchísimo menos, constantemente nos recuerda que la única forma de avanzar realmente hacia delante es estando todos unidos. Una unidad que a menudo estaba lastrada por las rencillas y desconfianzas entre gobiernos, pero que eran superadas por personas de todas partes, que dejaban a un lado sus nacionalidades para trabajar por el bien común.

Me repito, que ganas de que sea viernes

Y aunque es relativamente fácil encontrar estos temas en ficciones que o parten de nuestro presente o nos llevan a futuros en los que, pese a sus problemas, están mejor de lo que estamos nosotros ahora mismo, resulta sorprendente ver cómo poco a poco incluso en las ficciones que más se prestan al pesimismo es el optimismo lo que se abre camino. Ese fue uno de los principales aspectos que más me sorprendió de Station Eleven, donde nos mostraban de forma alterna un futuro apocalíptico en el que un virus había acabado con la mayor parte de la población del planeta, destruyendo la civilización, con los primeros momentos de aquella tragedia. Y, pese a que había momentos a lo largo de la serie tremendamente bajoneros, el optimismo, el afán de buscar un futuro mejor y la colaboración nunca desaparecían. Y así es como no nos encontrábamos con un futuro a lo Mad Max, sino uno en el que la mayoría de la gente se había unido en torno a pequeñas comunidades en las que compartían lo que tenían y en las que el protagonismo recaía en una compañía teatral itinerante que trataba de alegrar un poco la vida de los lugares que visitaban. Y aunque es cierto que su protagonista tenía muchos demonios dentro y con gente egoísta que solo buscaba su propio beneficio, ese aprendizaje para tratar de buscar ese futuro mejor era el eje fundamental de la serie.

Es bonito ver que no todo tiene que ser la supervivencia del mas fuerte

Un aspecto que igualmente me sorprendió en Paradise, esa serie de Hulu de la que prefiero contar lo menos posible, ya que es una en la que sus sorpresas, que son bastantes, vale la pena descubrirlas poco a poco, y en la que de nuevo nos recuerdan que el futuro puede ser mejor, o que al menos vale la pena intentar que lo sea. Durante la temporada y pico que se ha emitido hasta la fecha, son muchos los momentos en los que esta filosofía ha estado en primer plano de una forma u otra, pero hay un momento en uno de los primeros episodios de la segunda temporada que se me ha quedado marcado. Se trata sencillamente de un momento en el que el protagonista de la serie y otra persona están viajando y se encuentran con un grupo de extraños; su acompañante le insiste en que no los mire, que no les diga nada, pero este se niega, los saluda amistosamente y sigue su camino, sin añadir nada más, pero dejando claro que no quiere vivir en un mundo en el que tenga que desconfiar de todo el mundo porque sí. Una actitud que en ese mismo episodio acaba dándole la razón y que es uno de los muchos motivos por los que esta serie me encanta.

Aunque siempre esta demasiado serio en el fondo es un tipo optimista

Por eso espero que esta tendencia no solo se mantenga, sino que vaya a mucho más, porque bastante tenemos con la realidad como para que en la ficción nos machaquen con que no vale la pena tratar de mejorar las cosas, sino que toca resignarse y prepararse para lo peor. Y aunque yo mismo a menudo acabo pensando así, y sé que no soy el único, igual todas estas obras de ficción nos ayudan, aunque sea un poco, a cambiar esa perspectiva, que buena falta nos hace. Y por ello espero que esa buena taquilla que esta haciendo Proyecto Hail Mary hasta ahora vaya a muchísimo mas, para que los grandes estudios, y también cadenas, plataformas y editoriales, se den cuenta de que historias así nos hacen mucha falta.

Suscribirse
Notifícame de
guest

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

0 Comments
más antiguos
más recientes más votados
Inline Feedbacks
Ver todos los comentarios