Agarrándose al pasado con el Everything Dead & Dying de Tate Brombal y Jacob Phillips

A menudo he repetido por aquí lo cansado que me tienen las historias de zombies, pero no por el género en sí, en el que he disfrutado de algunas historias bastante interesantes, sino por el empeño de tanta gente en todos los medios de contarnos variantes de lo mismo una y otra vez. Por eso precisamente me llamó la atención este Everything Dead & Dying de Tate Brombal y Jacob Phillips, ya que partiendo de una premisa que ya nos sabemos de memoria, nos han contado en esta miniserie de cinco números una dura historia de supervivencia en la que su protagonista se agarra a sus recuerdos de forma enfermiza para seguir adelante.

La leche que salga de ahi no hay que pasteurizarla, hay que prenderle fuego

Jack había conseguido construirse una vida apacible en su pueblo natal junto a su esposo y su hija adoptiva pese a todas las dificultades y prejuicios que la sociedad le había puesto en contra. Y así fue hasta que una epidemia de lo que se creía que era una gripe arrasó con el mundo entero, dejando tras de sí unos pocos supervivientes e incontables hambrientos muertos vivientes. Doce años más tarde Jack, inmune a la epidemia, sigue con su rutina, cuidando de su granja y alimentando con carne cruda a su familia y vecinos, quienes al estar saciados mantienen una semblanza de normalidad que le permite intentar creer que nada ha cambiado ¿Pero es eso realmente vivir?.

Jack necesita mucha ayuda

Cuando este cómic comenzó su publicación hace varios meses pasé por completo de él pese a su equipo creativo, compuesto por Tate Brombal de cuya miniserie de Barbalien (junto a Gabriel Walta) había disfrutado muchísimo y Jacob Phillips, un más que digno heredero de su padre Sean. Pero al final la curiosidad me pudo, y dejando a un lado mis prejuicios contra este tipo de historias le di una oportunidad, enganchándome tanto la historia que no pude soltar el cómic hasta acabármelo. Porque aunque la premisa resulta de lo más familiar, Brombal y Phillips nos cuentan algo bastante más trágico de lo habitual y tremendamente incómodo, la desesperación por mantener la normalidad cuando el mundo alrededor se ha hecho pedazos.

Eso es todo lo que le queda, sueños y fantasias

Aquí nos encontramos con un protagonista, Jack, que toda su vida se había sentido al margen, gay en un pequeño pueblo de la América profunda, rechazado por su propia familia, y enfrentándose día a día a la homofobia de muchos de sus vecinos contra él y su marido y al racismo sufrido por su pequeña hija adoptiva por ser negra. Todo esto había provocado que Jack se refugiase por completo en su trabajo en la granja y en su hogar, como si el resto del mundo no existiese, algo que provocó que cuando esa epidemia arrasó con la civilización, este se agarrase de forma enfermiza a ese refugio que se había construido tan duramente, costase lo que costase.

Es comprensible que no quiera renunciar a esto

Ese precio a pagar ha sido el convertirse en el proveedor de alimentos de los cadáveres animados de quienes fueron su familia y vecinos, de quienes descubrió que si se encontraban saciados de su hambre infinita se dedicaban a repetir las rutinas de su último día con vida grabadas en sus cerebros. Historias así no son algo completamente novedoso, en Maggie, la película de Arnold Schwarzenegger, ya nos encontramos con la desesperación de un padre negándose a aceptar el destino de su hija, y en algunas de las películas de zombies de George A. Romero ya nos encontrábamos con estas criaturas repitiendo sus rutinas. Pero no recuerdo haberme encontrado nunca con una historia que lleve esos elementos hasta los extremos mostrados aquí, con la desesperación de este hombre que lleva década y pico sin un contacto humano real, que cada día se encuentra más agotado y desesperado, y cuyo único miedo es qué será de su familia y vecinos cuando él no esté para cuidar de ellos.

Esto no es vivir

De esa forma Brombal y Phillips nos muestran de la forma más descarnada y dura posible los peligros de agarrarse al pasado y a los recuerdos para tratar de negar la realidad (la nostalgia de la mala). Un pasado que no es tan bonito como lo pintan, ya que a lo largo de la serie vamos descubriendo cómo Jack se ha esforzado por recordar solo los momentos más entrañables de su vida, pero que esta también estuvo repleta de momentos amargos, algunos provocados por él mismo. Algo que nos recuerda que este tipo de historias de zombies son realmente interesantes cuando se utilizan para contarnos otras cosas, y no cuando se limitan a ser un “videojuego” de supervivencia. Pero ni todos los esfuerzos del mundo consiguen que Jack se quede anclado en su rutina y sus recuerdos cuando la realidad literalmente llama a su puerta.

Mantener un pueblo entero así es diabólicamente enfermizo

Todo esto queda magníficamente retratado visualmente por un Jacob Phillips, con un estilo muy deudor del de su padre pero con su propia identidad, que nos sumerge a la perfección en esta tragedia tan humana. Además de ser un gran narrador, un dibujante muy expresivo, y dominar a la perfección los claroscuros, para mí el mayor logro de Phillips aquí es cómo juega con los contrastes entre los recuerdos de Jack y la realidad, cómo estos se van alternando y superponiendo de tal forma que resultan tan aterrador o más que los momentos más sangrientos del cómic (que no son pocos). Así consigue que cualquier escena cotidiana resulte incómoda, que nos horroricemos al comprobar cómo Jack trata de ver su pequeño mundo, porque sabemos lo que hay detrás. Algo que refuerza el color de Pip Martin, quien ha optado aquí por alejarse en su mayor parte de un coloreado naturalista para utilizar este como una herramienta narrativa, utilizando monocromías para reflejar la dura realidad, creando una atmósfera opresiva. Un uso creativo del color que se extiende a su propio protagonista, a quien en los momentos que reflejan la realidad siempre le colorea de forma apagada y grisácea, para que nos quede claro en todo momento que en cierto modo él está tan muerto como los zombies.

A veces parece que Jack murió con su familia y aun no se ha dado cuenta

Everything Dead & Dying no es un cómic agradable, ni la clase de lectura a la que alguien debería acercarse en momentos de bajón. Pero se trata de un gran cómic que nos recuerda que incluso las premisas más reutilizadas pueden dar pie a historias interesantes cuando detrás hay gente con talento que se esfuerza por hacer algo diferente. Y eso es algo que Tate Brombal y Jacob Phillips han conseguido con creces aquí, mostrándonos cómo a veces el fin del mundo no tiene que ser algo épico y espectacular, sino algo intimista y casi más doloroso.

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Jesús Manuel Martínez Otero
Jesús Manuel Martínez Otero
10 horas han pasado desde que se escribió esto

Lo íntimo puede ser siempre mucho más dramático y cruel.