Yutuqueque, 1989 (I)

Corría el año 1734 cuando Juan Cristiano Bamora de Tudor se aplastó un dedo con el martillo mientras trataba de colgar un crucifijo en la puerta de la iglesia. Tan mala fortuna tuvo, que su dedo quedó totalmente inutilizado para la posteridad, y le fue amputado. Esto no tendría la más mínima importancia si no fuera porque el ministro protopietista de la misión en Yutuqueque de los Hermanos Santificados del Último Dia Despues de Cenar, al ver que dicha iglesia no tenía crucifijo en la puerta, la declaró herética y mando quemar todo el pueblo en las llamas purificadoras del Señor.

La desaparición de la misión de Yutuqueque no tendría ninguna consecuencia de no ser porque, mas de tres siglos después, un joven zagal que respondía al nombre de Emmanuel Osvaldo Giroldo Junior de Todos los Santos encontró los restos de la misión, para gran regocijo del alcalde de la zona. Pronto Yutuqueque resurgió como enclave arqueológico y lo más importante, como enclave turístico. El alcalde era un tipo capaz y avispado, y en menos de dos lustros los mártires de Yutuqueque se habían convertido en santos, y San Juan Cristiano de Bamora era el patrón de los Carpinteros Criollos de Gran Torpeza, aunque ninguno de los dos nombramientos hubieran sido aceptados por el vaticano.
Era la primavera del año 1989 cuando fui a Yutuqueque por primera vez. Corría un viento frío, poco común para esa época del año, y uno podía presagiar que los acontecimientos no transcurrirían normalmente; algo habitual en mi trabajo, por otro lado. Mi trabajo como investigador siempre me lleva a los lugares mas variopintos, y siempre acabo encontrándome en lugares recónditos dejados de la mano de dios de dificil acceso. Este no debía haber sido el caso de Yutuqueque, porque su alcalde se había empeñado en construir un aeropuesto internacional junto al pueblo, aunque había fracasado. Desconozco los detalles, pero cuando aterricé en dicho aeropuerto lo único que encontré fue una pequeña pista mal asfaltada y un anciano con síndrome de touret subido a una pequeña estructura de madera que gritaba órdenes a través de un megafono, tales como «Vuelo A-01, tiene permiso para aterrizar, ¡pelotuda!» En realidad, el anciano era un tipo amable y entrañable, como pude comprobar mientras el hombre me ayudaba a llevar el equipaje. Su problema lo llevaba con gran sentido del humor, y su conversación era francamente entretenida.

Rapidamente, me puso al corriente sobre la estructura del pueblo, quién y cómo hacía que en el nuevo complejo turístico y los planes que tenía el alcalde para renovar todo el pueblo. Lo cierto es que el anciano era un gran tipo, pero extrañamente su conversación tan entretenida acababa aburriendo tras las dos primeras horas, aún a pesar de su profusión en interjecciones y su consiguiente hilaridad. Lo cierto es que para que un hombre como yo que ha desencriptado las memorias de Ulapathothep el escriba caiga en la desidia, hay que ser aburrido con premeditación y alevosía. Con lo cual, agradecí profundamente que llegáramos al hotel, tras lo que entregué una sencilla propina al anciano (que la recibió con excesiva gratitud, supongo que con un fino hilo de ironía) y entré en el vestíbulo del hotel, un imponente edificio de cuatro plantas que lamentablemente no tenía un interior a juego con la fachada. El hotel era un pequeño cortijo con hamacas al fondo, que por poco conseguían separar a los huespedes del suelo y de las abundantes alimañas que por allí correteaban. Y es que lo primero que me entregó Frida Segismunda (la rolliza y hermosa recepcionista del hotel, a la que la ausencia de premolares no mancillaba en exceso la armonía ovalada de su moreno rostro coronado por una pizpireta coleta corta de color azabache que asemejaba un plumero) fue un repelente de insectos, y un pequeño botecito que, según sus palabras «es para tomar por si pican los escorpiones, o los tiburones de tierra». Ciertamente, semejante alojamiento se me antojaba muy seductor, pero los nervios del viaje a bordo de un avión que tenía aquaplast a lo largo de las amplias grietas de su fuselaje me habían agotado tanto que pronto me quedé dormido, con lo que me olvidé totalmente de preguntarle a la buena de Frida qué era un tiburón de tierra, y bien que lo lamenté al día siguiente. La picadura de dicho insecto, una especie de saltamontes con una protuberancia en el caparazón que asemeja una aleta de tiburón, provoca un dolor intenso y un agarrotamiento total en las extremidades, que si no es tratado a tiempo puede llevar a un coma y hasta a la muerte.

Por eso, cuando a la mañana siguiente desperté hambriento y con las piernas paralizadas, me llevé un susto tremendo. Me avergüenza tener que admitir que, en efecto, chillé como una niña asustada, pero en mi descargo diré que en aquel tiempo todavía era un investigador inexperto y joven que, aunque había lidiado ya con criaturas y situaciones espeluznantes, el dolor en carne propía provocaba reacciones de histeria poco contenida. La buena de Frida me administró rapidamente el contenido del botecito por la vía oral, y el repugnante antídoto pronto hizo su efecto permitiéndome recuperar la movilidad de mis miembros.

Mientras desayunaba un estofado compuesto de distintas carnes de oscura procedencia, la mujer empezó a contarme cómo sus antepasados habían empleado el veneno de los tiburones de tierra para su uso militar en las cerbatanas. Los yutuqueque debían haber sido un pueblo muy beligerante, ya que siempre vivieron atemorizados por lo que ellos llamaban «El Pueblo de Abajo». Lamentablemente, a pesar de lo mucho que pregunté, no conseguí ningun dato sobre dicho enemigo ancestral, asi que llegué a la conclusión de que dicho pueblo no debía de ser sólo uno, si no todos los enemigos que a lo largo de la historia habían subido a atacar Yutuqueque, ya que dichos enfrentamientos datan desde tiempos inmemoriales y terminaban hace mas de cuatrocientos años, antes de la época colonial y de la destrucción de la misión. En cualquier caso, me sorprendió la detallada exposición de la mujer sobre el Pueblo de Abajo; hablaba de ellos con un temor casi reverencial, marcando palabras como canibalismo, bajo tierra o invisibles. Lo cierto es que uno podría llegar a la conclusión de que dicho pueblo eran demonios del infierno que subían a raptar gente para comersela, pero el hecho de que hablara de extrañas luces que subían hasta el cielo me hizo preguntarme si las alucinaciones por el consumo de alcohol y peyote no estaban a la orden del día en el viejo Yutuqueque.

Lo cierto es que en aquellos tiempos no gozaba de las subvenciones de la Universidad de Viena, y tenía que apañarmelas en trabajos puramente alimenticios como el que me ocupaba. Debía escribir un artículo para una revista norteamericana sobre los pueblos primitivos perdidos, un tema que si bien podía resultar interesante, el enfoque de la revista para la que trabajaba obligaba a una cortedad de miras indignante; mi trabajo debía limitarse a contar anécdotas sobre dichos pueblos para acompañar las fotografías de mi compañero, Guido Crenshaw, que era el jefe del proyecto. El hombre, dada su condición de líder de la operación, ejercía como tal y llegaba tarde, con lo que me ví con más tiempo de ocio del esperado. Traté de ponerme en contacto con él, pero me resultó imposible ya que los cables del único hilo telefónico que habían llegado hasta Yutuqueque habían sido masticados la semana pasada por una vaca llamada Florinda.
Visto el percal, tomé la decisión de investigar un poco la zona, una desafortunada decisión que pronto tuve que lamentar…

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