Dreadnoughts de Carroll y Higgins – No hay nada ilegal para quienes hacen las leyes

Hace tiempo leí en alguna parte que no es que la realidad imite a la ficción, sino que ambas parecen retroalimentarse constantemente. Y resulta muy complicado no leer este Dreadnoughts de Michael Carroll y John Higgins y no acordarse inmediatamente de lo que vemos demasiado a menudo en las noticias, ya que si Juez Dredd nos avisaba detrás de su sátira de lo que se nos podía venir encima, esta precuela de su mundo nos está recordando que ya casi estamos allí. Así que aun a riesgo de embajonarnos todos, vamos a viajar a un futuro demasiado cercano para adentrarnos en los primeros años de un mundo al que todavía le faltaba lo peor por llegar.

Ellos son la ley

Año 2035, el Departamento de Justicia fundado por Eustace Fargo está consolidando su poder y una nueva hornada de agentes, con el poder de ser Jueces, Jurados y Ejecutores, se están extendiendo por todo Estados Unidos tomando bajo su mando a todas las fuerzas policiales y militares del país, algo que según Fargo era necesario para controlar el cada vez mayor descontento social. ¿Pero qué sucede cuando se le concede poder absoluto a un grupo de gente que no responden ante nadie más que sí mismos y que están fanáticamente convencidos de que cualquier método es válido para alcanzar sus objetivos?…

Poder absoluto sin restricciones

Comenta Michael Carroll en el prólogo del recopilatorio que Dreadnoughts no es una historia de ciencia ficción, sino una de terror, y sinceramente no se me ocurre una descripción mejor para este cómic. Porque mientras que en Juez Dredd siempre se ha jugado en mayor o menor medida con los elementos satíricos y fantásticos, aquí no hay nada de eso. Estamos ante una historia cruda, muy dura y aterradoramente cercana en la que sus autores no disimulan en absoluto sus intenciones, quieren meternos el miedo en el cuerpo porque lo que están contando aquí no es una fantasía, es algo que ya ha sucedido numerosas veces en el pasado a lo largo y ancho de todo el mundo y que en muchos países sigue sucediendo, como tristemente atestigua cualquier vistazo a las noticias.

Demasiado a menudo temo que no estamos muy lejos de volver a algo así

Para ello Carroll y Higgins nos han llevado a una era poco explorada en los cómics de Dredd, aunque es muy recomendable haberse leído Origins antes de leer esto, en la que el Departamento de Justicia de Fargo apenas lleva cuatro años en marcha, las primeras Mega Ciudades aún se estaban construyendo y faltaban unas cuantas décadas para que Dredd y Rico fuesen creados y estallase la guerra nuclear que arrasó buena parte del planeta. Un escenario muy cercano y familiar para el público, ya que no se diferencia demasiado de nuestro mundo real y que está habitado por personas que están viendo cómo poco a poco sus derechos están desapareciendo y su realidad se está convirtiendo en una auténtica pesadilla.

No son la solución, nunca lo fueron

Ahí es donde reside el mayor acierto de Carroll e Higgins y lo que convierte a Dreadnoughts en una historia de terror, porque al quitarle al mundo de Dredd todos los elementos de ciencia ficción, fantasía y humor negro, consiguen que mucha gente vea por fin lo que siempre ha estado detrás de esas historias, una aterradora advertencia contra el fascismo y un fiel reflejo de una realidad que a veces no vemos. Porque resulta imposible no ver en estas páginas los abusos que se están cometiendo día a día por parte de las autoridades en países “democráticos”, los millonarios corruptos haciendo y deshaciendo a su antojo solo porque tienen el dinero para comprar a quien haga falta y una infinidad de ciudadanos impotentes que ven cómo se les está arrebatando su libertad sin que puedan hacer nada para impedirlo.

Y eso que lo peor esta por llegar

Y para contarnos esta historia, sus autores se alejan de Fargo y otros personajes importantes para mostrarnos esta realidad a través de un nuevo personaje y uno bastante peculiar. Porque la Juez Veranda Glover, una recién graduada en la Academia de la Ley y considerada excepcional por sus instructores, también es una criminal violenta que cumplía una larga sentencia en prisión cuando los Jueces de la academia vieron en ella el potencial para ser lo que necesitaba el departamento. Pero aunque al Juez Fargo no le convencía nada el darle la autoridad de su departamento a alguien como a ella, su exhaustivo conocimiento de las leyes, ciencias sociales y su devoción fanática a cumplirlas a partir de ahora, acabaron pesando más que sus reticencias. Unas reticencias algo irónicas teniendo en cuenta que Glover es en prácticamente todos los aspectos el prototipo de lo que acabarían siendo Dredd y los demás Jueces de su generación, como si a estos les hubiesen adoctrinado en la academia con las enseñanzas de la propia Glover.

Fargo al final tuvo muchas cosas de las que arrepentirse

Una Jueza que aunque no tiene delante a invasores Sovs, a los Jueces Oscuros o mutantes de esa Tierra Maldita que aún no existe, sino a familias que lo han perdido todo por culpa del egoísmo de los billonarios y la complicidad del gobierno, muestra la misma ferocidad y falta de compasión que mostrarán los Jueces de las generaciones posteriores cuando se enfrenten a amenazas reales. Algo que queda reflejado a la perfección en ese momento en el que le echan en cara que lo que están haciendo los jueces no es legal y ella simplemente responde que son ellos quienes hacen las leyes. Porque en esa realidad la democracia ha muerto y mucha gente aún no se ha dado cuenta de ello.

«Yo hago la ley» no es tan pegadizo como «Yo soy la ley», pero se le acerca

Y para reflejar ese enfoque desprovisto de los artificios futuristas del mundo de Dredd, tenemos a un veterano como John Higgins dándolo todo para mostrarnos la descarnada realidad de esta historia. Este camaleónico artista que también ha sido guionista y colorista, en Watchmen y La Broma Asesina nada menos, ha optado aquí por un estilo figurativo y “sucio” que transmite a la perfección desde la primera página que esta no es una de las historias fantásticas de 2000 A.D.

El sueño húmedo de bukele

Un estilo que junto con su dominio a la hora de reflejar una violencia brutal y en ocasiones incómodamente real y un uso de la composición y el claroscuro que denota sus cincuenta años de experiencia, hacen que este cómic sea un espectáculo, aunque uno perturbador. Algo que realza el trabajo de Sally Hurst al color, quien ha recurrido aquí a una paleta de colores limitada y desaturada que dota al cómic de una atmósfera opresiva y desesperanzadora que redondea el mensaje de este cómic.

A veces es demasiado real para mi gusto

Es cierto que se trata de un cómic que en estos momentos, en los que vemos a los matones de ICE asesinar gente impunemente en las calles, y a descerebrados en nuestras fronteras celebrándolo y deseando que algo así exista aquí, resulta complicado recomendar. Pero por el mismo motivo por el que Carroll, Higgins y Hurst lo han hecho, para recordarnos que esto es algo que en cualquier momento puede convertirse en nuestra realidad y hay que hacer todo lo posible para evitarlo, resulta conveniente leerlo, aunque resulte muy incómodo.

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