Como esta semana se cumple el 50 aniversario de Valerian y encima hace no tanto se ha estrenado la peli de Besson en cines, supongo que no vendría mal picar al personal repasando los orígenes de la serie y así descubrir un poco a personal una de las grandes space operas del cómic europeo, que para muchos ha quedado acallada por tanto metabarón y tanta gaita. Vamos a ello.

Ojo que Mezieres quería que esto fuera de vaqueros, pero entre Lucky Luke y Blueberry había demasiada competencia.

Valérian et Laureline es un cómic creado por Pierre Christin y Jean Claude Mézières para Pilote en 1967, no siendo nunca la mejor tira de la revista ni la más famosa, y empezando como una de las “series de armario” que reforzaban la oferta de una publicación que por aquella época contaba con bestias pardas como Blueberry o cualquier cosa que se le ocurriera al gran René Goscinny. Así, Valerian aparece en una época en la que el interés por la ciencia ficción clásica está repuntando, con series como Star Trek o Doctor Who destacando en la televisión anglosajona y, ya en Francia, cómics como Lone Sloane o Barbarella mostraban una ciencia ficción más aventurera y menos ambiciosa en lo filosófico que autores de moda por la época como Stanislaw Lem o el reciente “Planeta de los Simios” de Pierre Boule.

Aunque Lone Sloane se las traía en lo filosófico. Por cierto, ¿hace falta decir que recuerda poderosamente al Warlock de Starlin?

Pero probablemente el referente directo de Valerian, más allá de Burroghs o toda la industria nacida en EEUU a partir del pulp (Asimov, Doc Smith, Harry Harrison), fuera Flash Gordon, el héroe nacido a la sombra de Buck Rogers y que se convertiría en el máximo referente del género a nivel internacional gracias a su presencia en los periódicos de medio mundo. Valerian sin embargo destaca por ser una serie que va construyendo su propio universo; ya no se trata de crear razas alienígenas o localizaciones que sirvan sólo como un marco para las aventuras de los protagonistas, ahora hablamos de ser consecuente con cada elemento que se añade al universo Valerian y construir sobre ello. No olvidemos que estamos hablando de la época de la eclosión del “worldbuilding” con novelas como El Señor de los Anillos o Dune, las cuales en muchos casos se esforzaban más en recrear un mundo completamente nuevo que en otras características literarias que hasta entonces habían sido lo más importante.

No es que sea Kirby, pero para un apaño…

Valerian se define como “agente espaciotemporal”, y en su primera historia serializada entre 1967 y 1968, tenemos exactamente eso; la cosa empieza con un el siglo XXVIII en el que la humanidad ha alcanzado tal estado de utopía que ya sólo se dedica a soñar en realidad virtual mientras dejan el control de la realidad a los tecnócratas, unos científicos que coordinan a la patrulla espaciotemporal, los únicos que dan un palo al agua tratando de mantener la paz y el orden por el espaciotiempo. Este cómic, titulado “Les Mauvais Rêves” -Malos Sueños- cuenta como un científico loco se harta de esa época de vagos -el perverso Xombul- y viaja a la edad media para hacerse con los secretos de un poderoso hechicero y así conquistar el futuro con su magia negra, obligando al agente espaciotemporal Valerian a viajar a la Francia medieval y frustrar sus planes. Allí conocerá a Laureline, una moza que en esta historia hace poca cosa más allá de liberarlo de una planta carnívora y transformarse en unicornio. Realmente esa historia es más un planteamiento que otra cosa, y tanto a Christin como a Mezieres se les ve un tanto verdes y con más entusiasmo que fondo. La narración es confusa y Mezieres comete algunos crímenes capitales en ella, teniendo que usar flechas para indicar al lector el orden de lectura de algunas viñetas, mientras que a Christin le da un Shirow y está más preocupado por volcar en el cómic el millón de ideas que se le pasan por la cabeza que por contar una historia propiamente dicha.

En aquellos tiempos estaba bien visto el apoyarse en “flechas” para indicar el sentido de lectura. Puaj.

Por esa misma época y antes del segundo album oficial, Christin y Mézières publican varias historias cortas de Valerian que en su mayoría muestran al agente en solitario y sin Laureline, siendo relatos en los que se explora a fondo la idea de los saltos temporales, visiones curiosas sobre la clonación, planetas vivientes al más puro estilo Ego… Esas historias fueron publicadas años más tarde en el recopilatorio “Par les chemins de l’espace” -Por los caminos del espacio- y, a pesar de ser historias más directas, siguen compartiendo los vicios y virtudes de la pareja artística en aquellos tiempos, textos de apoyo redundantes, narración confusa y un trazo demasiado esclavo de la influencia de los Franquin, Peyo o Uderzo de la época, todo esto sin olvidar al maestro de maestros de todos ellos, el gran Jijé.

No, Mézières no era precisamente un novato cuando dibuja estos cómics.

Mézières ya se maneja con mucha soltura en aquel momento dibujando las naves, imaginando paisajes alienígenas y llenándolos estupendamente de cachivaches imposibles, pero sigue faltándole algo más de dinamismo, de la habilidad que tienen sus referentes para llegar a la excelencia. Aun así todo hay que decirlo, ya le habría gustado a los Ibáñez de la época tener el nivel para la ilustración que tenía Mézières en aquellos tiempos, sobre todo cuando empieza el hombre a destaparse con su primer album oficial, La Cité des eaux mouvantes (1970).

Al primer album oficial de Valerian sólo le faltaba Snake Plissken en esa Nueva York apocalíptica.

La Ciudad Sumergida nos viene a contar como Xombul huye al futuro postapocalíptico de 1986, año en el que tras un accidente nuclear los casquetes polares se han derretido y Nueva York está sumergida en el océano y llena de saqueadores, todo normal. Continúa el periodo de aprendizaje de ambos autores, que no se cortan a la hora de homenajear al recientemente fallecido Jerry Lewis en una historia un tanto inocentona que supone la última historia de viajes temporales antes de que Christin y Mezieres le peguen un giro radical a la serie y decidan meterse de lleno en la space opera con L’Empire des mille planètes (1971), el album que hará realmente famosa la serie y en el que se basará la película de parecido nombre (aunque en realidad luego el argumento de la película se base en otro álbum, pero eso ya es otra historia).

La película se llama La Ciudad de los Mil Planetas, pero todo el mundo sabe que va por donde va.

Llegados a este punto toca sincerarse, porque para mi Valerian & Laureline es una de las series más perjudicadas por la explosión Moebius. Porque vamos a dejarlo claro, Valerian es una serie de planteamiento más inocente, que sólo busca hacerte pasar un buen rato y que está muy lejos de lo que lo que estaba gestando Giraud para Métal Hurlant con series como Arzach o el futuro Incal junto a Jodorowsky, la obra que se come a todo el cómic europeo de la época y que se convierte en el auténtico referente internacional del cómic de ciencia ficción. Valerian asoma en los años entre Lone Sloane y Métal Hurlant, es un cómic de aventuras muy disfrutable que continuó evolucionando a lo largo de los años, pero que nunca quiso ser ése cómic serio y madurísimo que buscaron muchos de sus lectores, que se hicieron mayores y lo vieron enterrado en ese “pulp” que sin más pretensiones. Valerian es un cómic al que, sobre todo en estos primeros álbumes, se le notan los años, pero a la vez consigue de sobra su objetivo principal, que es el de espolear la imaginación del lector y devolverte a una infancia de aventuras y rayos láser. Y que queréis que os diga, buena falta que nos hace.

Anuncios