Con lo que llevamos viendo en las noticias una buena temporada, con el gobierno de Estados Unidos mostrándonos prácticamente a diario su peor cara y sin diferenciar ya apenas entre aliados y enemigos, me he acordado mucho de Juez Dredd: América. Una historia con la que John Wagner y Colin Macneil buscaron no solo acercarse a un público algo más adulto, sino también dejar claro para quienes no se habían dado cuenta aún de que los Jueces no son los buenos precisamente. Pero este cómic también sigue siendo además un grandísimo recordatorio de que ese sueño americano que tanto les gusta vender, demasiado a menudo no es más que una pesadilla de la que cuesta despertarse.

Cuando a comienzos de la década de los noventa IPC decidió crear un spin-off de 2000 A.D., Judge Dredd: The Megazine, centrado en el Juez Dredd y enfocado a un público algo más adulto, necesitaban un buen reclamo con el que enganchar al público para que decidiesen añadir una nueva revista a su lista de la compra en unos tiempos en los que este tipo de publicaciones no pasaban por su mejor momento. Y para ello nada mejor que contar con el veterano John Wagner, co-creador del personaje y uno de los mejores escritores que nos ha dado el cómic británico. Y aunque como él mismo reconoció, Carlos Ezquerra hubiese sido la elección obvia para acompañarle en este proyecto, al encontrarse este ocupado, y pasándoselo muy bien, con el Al’s Baby que ambos estaban realizando, las labores artísticas recayeron en manos de un Colin Macneil inspiradísimo que hizo aquí uno de sus mejores trabajos.

Pero pese al talento innegable de ambos, este proyecto resultaba un tanto arriesgado, ya que se le quitaba el protagonismo a Dredd, para mostrarnos cómo los ciudadanos de Mega-City One vivían bajo el yugo opresor del omnipresente Departamento de Justicia. Y el punto de vista escogido para esta historia era el de quien le da nombre a la misma, América Jara, la hija de unos inmigrantes puertorriqueños que habían emigrado con la esperanza de encontrar una vida mejor bajo ese sueño americano que confiaban en que aún existiese, pese a que hacía mucho que Estados Unidos había dejado de existir como tal. Un punto de vista que hoy en día, tres décadas y pico después de su publicación, es más relevante que nunca, viendo a diario en las noticias cómo todas esas familias como los Jara están descubriendo por las malas que ese sueño americano no existe para ellos, y teniendo que vivir bajo la opresión de unos matones armados que a veces parece que se creen Jueces.

Y aunque Dredd no sea el protagonista, la durísima escena que abre esta historia hace que su presencia, y la de todo lo que este representa, se sienta en cada página. Un momento en el que los diálogos de Wagner y el arte de Macneil se combinan de forma magistral para marcar el tono de la historia desde el primer instante. Especialmente cuando llegamos a ese momento final del prólogo en el que Dredd asegura que la justicia tiene un precio, y que ese precio es la libertad, mientras el cambio de plano nos permite ver una gigantesca estatua de un Juez eclipsando en tamaño a la Estatua de la Libertad que se encuentra a sus pies. Algo que nacía especialmente del afán de Wagner por recordarle al público que Dredd y el resto de jueces no son héroes, sino unos dictadores fascistas a través de los cuales se busca criticar lo que sucede en el mundo real, pese a que demasiada gente siga entendiéndolo mal.

Y a lo largo de las poco más de sesenta páginas de las que consta esta densa historia somos testigos de la vida de América desde su nacimiento hasta su final, una vida marcada por su intenso afán de libertad, que ya manifestaba desde su más tierna infancia, cuando comenzó a descubrir que los sueños que habían perseguido sus padres nunca podrían ser una realidad en esa Mega-City One donde todo el mundo vive con miedo de que algún día alguno de los Jueces se fije en ellos.

Pero pese a que América es la protagonista de la historia, no es ella la narradora, cayendo ese papel en dos hombres que marcaron profundamente su vida para lo peor. El primero su amigo de toda la vida Bennett Beeny, cuyas vidas se entrecruzaron una y otra vez hasta el final y que fue quien más la quiso y quien más daño le hizo. El otro por supuesto es el Juez Dredd, quien ocasionalmente interrumpe la narración para que Wagner pueda seguir recalcando que los Jueces no son los buenos (aunque Dredd con los años ha terminado evolucionando algo), como ese momento en el que este afirma con orgullo cómo atemoriza a los críos cuando son muy pequeños, sin nada más que con una dura mirada, para que desde siempre tengan el miedo a los jueces en el cuerpo y así acaben siendo o ciudadanos modelos o que al menos se lo piensen mucho antes de quebrantar la ley.

Creciendo en ese ambiente América acaba siendo todo lo contrario, alguien que se lo cuestiona todo, que no entiende cómo se puede seguir viviendo así, y que cada día está más frustrada ante la complacencia de la gente que la rodea, quienes simplemente se han acostumbrado a vivir así, con la cabeza agachada. Algo que la llevó a unirse al movimiento democrático, quienes creían que podrían forzar al Departamento de Justicia a convocar unas elecciones libres para escoger si querían seguir bajo el gobierno de los Jueces o recuperar la democracia, y que fueron brutalmente aplastados por estos en uno de los mayores actos de fascismo que han protagonizado (Revolution, parte de Democracy Now!). Y tras comprobar que por medios pacíficos nunca conseguirían sus objetivos, América acabó uniéndose a Total War, la organización que buscaba los mismos objetivos pero a través de la violencia.

Y tal y como le ha sucedido a demasiada gente a lo largo de la historia que buscaban la libertad, fuesen sus métodos pacíficos o no, la vida de América acabó en tragedia por culpa de quienes como ella estaban igualmente convencidos de estar haciendo lo correcto pese a no estar más que apuntalando un sistema monstruoso. Y tal y como comenzó la historia también termina, volviendo a un Dredd más cínico y aterrador que nunca, quien tras asegurar que la democracia no funciona porque no se puede confiar en la gente, que ese sueño americano no es más que un sueño, que América está muerta y que eso es el mundo real. Algo que inquieta bastante cuando poco a poco vamos viendo cómo las fronteras entre el “mundo real” de Dredd y la realidad son cada día más difusas.

Pero no quiero terminar esto sin destacar el increíble trabajo de Colin Macneil, quien hizo aquí uno de los mejores trabajos de su carrera. Su estilo pictórico atrapa desde la primera página, alejándose radicalmente de la estética más habitual del cómic, y reforzando la idea de que tanto el Judge Dredd Megazine como América buscaban diferenciarse. Un trabajo en el que Macneil, aunque a veces no le acaba de salir del todo bien la anatomía de sus personajes, demuestra el absoluto dominio que posee de la narrativa y especialmente sobre el uso del color y las luces. Con estas herramientas artísticas consigue dotar a las páginas de este cómic de una sorprendente autenticidad, que nos hace sentir por momentos que nos estamos asomando a un mundo real, y que alterna momentos hermosos con una atmósfera única y opresiva de la que dan ganas de escapar.

Con los años Wagner y Macneil retomaron ocasionalmente esta historia para mostrarnos las consecuencias de lo sucedido aquí, y cómo el legado de América siguió viviendo aunque de una forma un tanto inesperada. Pero aunque son historias interesantes, ninguna volvió a tener el impacto que tuvo este primer capítulo, habiendo convertido por méritos más que sobrados en una de las historias más icónicas y representativas del mundo del Juez Dredd, y en uno de esos cómics que cada día que pasa son más relevantes que nunca, algo que debería preocuparnos y mucho. Un comic que afortunadamente ahora por fin se puede conseguir en España gracias a Dolmen, y que es uno de esos títulos que no deberían faltar en la biblioteca de nadie.

Como el preidente se presente a un tercer mandato es el fin de USA. Yo espero que dentro de su propio partido se den cuenta de que tienen a un niño pequeño (siendo generoso) al mando del barco y acaben cesandolo (hay que mantener un hilo de esperanza). Decir que como no le han dado el nobel de la paz ya no le interesa la paz es creerse el centro del universo. Si piensa asi imaginaros como deber ser como jefe de sus empresas o en sus relaciones personales, riete tu de Julio Iglesias.
Pues dicen que su vicepresidente es aun peor que él.
El Partido Republicano ha cerrado filas con Trump, ya sea por que están de acuerdo con él o por afán de poder, por lo que no parece probable que haya una revolución interna.
Lo de presentarse a un tercer mandato parecía un chiste hace unos meses, pero Trump ya demostrado que las leyes no le importan, ni a él ni a la secta MAGA que le idolatra.
Es útil recordar que Dredd lo creó en parte Carlos Ezquerra, que venía de una época en la que en España la policía podía torturar y secuestrar impunemente. Incluso el Código Penal preveía que si un policía secuestraba (es decir, detenía sin causa y encerraba la gente) no era delito, o era menos grave según el caso. Claro que ningún juez se ha atrevido nunca en España, ni entonces ni ahora, con un policía franquista.
Y hoy día algunos jueces hacen lo que quieren condenando a fiscales por auténticas tonterías, porque forman una casta todopoderosa. Como en Juez Dredd.
Es que hemos llegado a unos extremos preocupantes.
Un dia vas a ir por la calle un hombre (o mujer) te va a preguntar una direccion, se la dices, el susodicho llega alli, llama a la puerta, asesina al ocupante, y te van a acusar a ti de complice de asesinato.
Yo que naci en el 75 aun recuerdo que nos educaban teniendo miedo a la policia, que no se les podia mirar a los ojos y que cuando te cruzabas con uno tenias que pasar a su lado con los ojos mirando al suelo. Para que digan que la transicion en España fue una maravilla cuando lo que sucedio fue una bajada de pantalones, con la diferencia que la «derecha» se los bajo hasta las rodillas y la «izquerda» hasta los tobillos.
Lo de los jueces con algunas personas roza el acoso, que si buscan a cualquiera de nosotros durante varios años tambien van a encontrar algo. Despues una persona es fotografiada en paños menores en el barco de un narcotraficante y no pasa nada. Esa gente tienen una tarjeta de salir de la carcel como en el monopoly.
Es ironico que una persona que confiesa un delito tenga menos condena que otro que ha dicho que esa persona ha cometido ese delito porque atenta contra su honorabilidad.
Buen cómic.