Ayer domingo nos encontramos con la trágica noticia del fallecimiento de Jirō Taniguchi a los 69 años de edad. Un respetado, admirado y muy completo autor que consiguió no solo que cambiase la percepción que mucha gente tenía del comic realizado en Japón, sino que consiguió hacer de la cotidianidad todo un arte. Por ello queremos recordar desde aquí la vida y la obra de un autor que nos hizo pasar muchos buenos momentos y al que echaremos mucho de menos.

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Aunque sea triste que ya no este en nosotros, aun podemos aprender de el a disfrutar de la vida

Jirō Taniguchi nació en la prefectura de Tottori el 14 de Agosto de 1947 y comenzó lo que sería una larga y fructífera carrera profesional de la forma más humilde posible, siendo asistente de otro autor. Un trabajo del que pronto se “graduaría” a los 23 años cuando publico su primer trabajo profesional en 1972, “Kareta Heya” (La habitación ronca), un periodo de su vida que reflejo décadas más tarde en el manga “Fuyu no Doubutsuen” (Un Zoo en Invierno, 2008). Durante las décadas siguientes colaboro con numerosos escritores, una época en la que podemos destacar sus colaboraciones con el escritor Natsuo Sekigawa, con quien produjo la obra “Botchan no Jidai” (La época de Botchan). Pero pese que por aquel entonces Taniguchi ya había demostrado que era un grandísimo dibujante dotado de un estilo minucioso y detallista que no haría sino mejorar con los años, es al comienzo de la década de los noventa con sus primeros trabajos en solitario cuando “nació” el Jirō Taniguchi que se ganó un reconocimiento y cariño que no supo de fronteras.

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Nadie mejor que el mismo para contarnos lo que fueron aquellos primeros años de su carrera

Y es que pese a que lo largo de su carrera toco muchos temas, dramas históricos, serie negra o incluso la ciencia-ficción y la fantasía, fue “Aruku Hito” (El Caminante) la sencilla historia de un hombre al que le gustaba salir a pasear y contemplar la vida (y que en muchos aspectos no era más que un alter-ego del propio autor), la que cautivo a lectores de todo el mundo. Pero ahí es donde residía la maestría del Taniguchi “maduro”, en hacer de lo más cotidiano una historia fascinante y en recordarnos que a veces es necesario parar un momento contemplar lo que nos rodea. Una obra con la que yo personalmente descubrí realmente a Taniguchi, pese a que años antes ya había leído otras obras suyas como “Hotel Harbour View” (con guion de Natsuo Sekikawa) y “Sobrevivir a la Era Glacial”, pero eran obras que no permitían hacerse una autentica idea del extraordinario dominio de lo mundano del que era capaz el autor.

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Un autor que ademas se manejaba con la misma soltura tanto en blanco y negro, como en grises o a todo color

Al caminante podemos añadir obras como “El Olmo del Cáucaso”, “Tomoji”, “El Viajero de la Tundra”, “Furari“, “Los Años Dulces” o “La cumbre de los Dioses”, por citar unas pocas, donde podemos encontrar ese amor por lo cotidiano, la naturaleza y el aire libre. Pero el otro gran eje de su última etapa profesional fue una cierta inquietud por las oportunidades perdidas y las segundas oportunidades. Obras en las que ya sea partiendo de una base fantástica como en “Barrio Lejano” o “Cielos Radiantes” o del realismo más absoluto como en el “Almanaque de mi Padre”, nos encontramos con esa cierta obsesión por intentar corregir errores del pasado o la resignación ante lo que ya no tiene arreglo.

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Otra cosa que podemos aprender de el es a no llegar al extremo de tener que arrepentirnos cuando ya no hay mas remedio

Aunque otra constante en su obra fue un enorme cariño hacia una Europa en la que a veces da la sensación de que casi era más apreciado que en su Japón natal, y cuyos comics (especialmente el franco-belga) admiraba y reconocía que inevitablemente habían influido en su obra. Algo que ha llevado a muchos, a mi parecer erróneamente, a calificarle como un autor de “sensibilidad europea” (como si todo el comic japonés fuese poco más que fantasías hiperviolentas llenas de acción y sexo). Esa admiración mutua entre autor y continente la podemos encontrar desde en obras como en Ícaro (1986), donde colaboro con otro genio del comic tristemente desaparecido, Jean “Moebius” Giraud , a obras donde la propia Europa es el escenario de la historia como en “Los Guardianes del Louvre” a la que quizás sea la más peculiar de sus obras, su participación en la serie de “Guías de viaje” de la firma de moda Louis Vuitton, en la que diferentes artistas del mundo del comic reflejaron ciudades de todo el mundo, siendo Taniguchi el encargado de ilustrar el volumen dedicado a Venecia.

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Y yo pensaba que nunca vería una visión de Venecia que me atrajese tanto como la de Hugo Pratt

Como sucede siempre en estos casos es tristísimo perder a un autor que ha conseguido emocionarnos tantas veces con su trabajo y que deja tras de sí un legado de obras en las que intento enseñarnos a ver la vida desde un punto de vista más relajado, pequeño y cotidiano. Por eso, y aunque en estos casos siempre suelo decir que lo mejor que podemos hacer para honrar la memoria de los autores que nos dejan es disfrutar de su trabajo, creo que en este caso de Jirō Taniguchi hubiese apreciado más que dejásemos todo de lado por un momento y saliésemos fuera a pasear por algún rincón que no hayamos pisado nunca o redescubrir con otros ojos esos lugares que de tanto visitar ya no vemos, y tratar de contemplar, y disfrutar, de las pequeñas cosas que nos rodean.  Estoy seguro de que eso le hubiera gustado.

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Celebremos su vida siguiendo su ejemplo

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