Icono del sitio BRAINSTOMPING

De James Cameron a Peter Parker: ¿Sobran los chistes? (II)

Ayer hablábamos del nacimiento del «cine de acción» y cómo uno de sus rasgos era la mezcla entre el drama y la comedia, como el James Bond de Connery le daba mucho más al cachondeo que el de Daniel Craig -a su pesar- y de cómo era un género un tanto chapucero, porque su definición era la mar de ambigua…

Que igual Roger Moore ya se pasaba, pero James Bond era el de los «one liners».

Porque quieras que no las películas de futuros o pasados espaciales como Star Wars no son consideradas como cine de acción, si no como ciencia ficción o «género fantástico». Y aun así nos encontramos con contradicciones como ver a Aliens, secuela de una película de terror de ciencia ficción, clasificada como una película de acción porque la dirigía James Cameron, que venía de hacer una película de acción de terror sobre una máquina asesina que venía del futuro para asesinar a una camarera. Estas contradicciones ya son constantes, y así es como Depredador, otra película con alienígenas, es considerada cine de acción porque oye, que sale Arnold Schwarzenegger y ése es una estrella de acción a pesar de que la mayor parte de sus películas son de cine fantástico. Aun así, todas estas películas tienen un elemento en común que los manuales de guión de la época ya han asumido por completo: la comedia es un ingrediente necesario como enlace entre escenas dramáticas, la comedia sirve tanto para un roto como para un descosido. Es una herramienta válida para la caracterización porque humaniza a los personajes, los hace falibles y muestra rasgos de ellos mismos que no son tan fáciles de enseñar en un contexto puramente dramático. De ahí que los personajes de Schwarzenegger se nos hagan más humanos que los de Steven Seagal o Chuck Norris, porque no solo es que Arnie sea bastante mejor actor, si no que sus películas solían contar con más herramientas de distensión a lo largo de su trama y sí, tenían mejores guiones.

Otras películas son, en si mismas, comedias homoeróticas encubiertas.

Y sin embargo, entre los 80 y el final del siglo, pasó algo raro. Algo se perdió. Era una época en la que todo se llenó de plagiadores de Steven Spielberg sí, pero tanto los Paul Anderson, Roland Emmerich o Michael Bay a priori tenían clara la fórmula y la aplicaban mecánicamente. Independence Day o La Roca son películas que tienen muy machacado el manual, esa combinación entre acción y cachondeo, y aunque para entonces ya han pasado de moda los «one liners» de los 80 -frases lapidarias para provocar la risa en el espectador- todavía se siguen viendo unas cuantas en estas películas. Pero parece que el público ya se está hartando de ellas, hasta el punto de que cuando George Lucas estrena al fin sus precuelas de La Guerra de las Galaxias una de las principales quejas del público son los «chistecitos sin gracia». Y es cierto que La Amenaza Fantasma es un guión inferior a las películas de la trilogía original, pero el problema iba mucho más allá de los dichosos «one liners». Pero que no oye, que muchos ya la tomaron con los chistecitos.

Vale, buena culpa la tenía también el nota este, pero apenas aparece en las dos películas siguientes.

Ya en el nuevo milenio la gente se quejaba de los comentarios de Lobezno sobre la licra amarilla -aunque eso no tuviera que ver tanto con el humor como con el desprecio al diseño de los personajes originales, ojo- pero las críticas debieron de influir de alguna forma en los estudios porque empezamos a dejar de ver esas frases lapidarias por todas partes. Y aunque directores como Guy Ritchie o el mismo Quentin Tarantino siguieron la lógica e inteligente tradición de combinar la comedia con «ponerse serio», lo cierto es que uno de los directores que define la primera década del nuevo siglo es Christopher Nolan, un auténtico «control freak» plenamente adscrito a la escuela de pensamiento tiránica de Stanley Kubrick que hizo que una de sus marcas autorales fuera el crear guiones completamente rígidos, cerrados a cualquier cambio antes de ponerse a rodar. Sus guiones «perfectos» eran rodados tal cual por los actores, sin margen para la improvisación, con lo que el resultado era juzgado por sus detractores como «falto de humanidad». Y, curiosamente, también falto de chistes.

Hay gente que no sabe contar chistes. Y no, no pasa nada.

Nadie recuerda los chistes de Batman Begins o El Caballero Oscuro, pero aun así los hay. Esos comentarios irónicos de Alfred o ese Joker girándose a mirar si su bomba ha explotado al más puro estilo Will E Coyote -que por cierto, éso sí fue una improvisación- son escenas cómicas que mejoran la película sin llevarla a la comedia pura, sin ridiculizar a los personajes o la trama. Nolan sigue siendo considerado un director frío y muchos de sus contemporáneos como Denis Villeneuve o Darren Aronofski hacen algo parecido, aunque sus estilos sean bastante distintos. A veces no pega meter un chiste, el saber cuando meterlos de forma natural es una ciencia en si mismo, pero la ausencia de que ocurra algo accidental, algo que sorprenda al espectador, hace que la película pierda realismo. La vida son sucesos accidentales, uno tras otro, situaciones contra las que no sabes que hacer, y el que los personajes vayan siempre de un lado a otro sabiendo que hacer y sin tener que improvisar como Indiana Jones hace que pierdan hasta el interés del espectador.

Que con esto no quiero decir que no puedas hacer una buena película sin contar chistes, ojo.

De repente la comedia en el cine de acción se había quedado arrinconada, o era una película «de risa» de Jackie Chan o Will Smith o directamente estábamos hablando de algo con una tensión tremenda como si fuera una peli de Michael Mann. Director que, por cierto, también mete chistes de vez en cuando. Aunque no lo parezca. O películas «serias» o películas familiares, daba igual que los mayores éxitos de la década fueran Star Wars, El Señor de los Anillos o la propia Avatar, que también tenían chistes. Daba asco ir a ver una peli «palomitera» al cine, porque se estaban tomando todo muy a pecho y hasta Fast & Furious se tomaba casi todo en serio, pese a que absolutamente todos los implicados supieran que aquello no tenía ni pies ni cabeza. Michael Bay era el rey absoluto del género, utilizando absolutamente todo su talento para el mal, y nadie recordaba haberse reído con La Isla o con Transformers, pese a que ambas películas lo intentaron de vez en cuando. Y de repente, en 2008, llegó Iron Man.

El meme instantáneo.

No vamos a engañarnos, el género de los superhéroes nunca había estado reñido con la comedia. Blade había tenido secundarios cómicos, Hellboy -¿es un superhéroe?- los tenía también y el Spiderman de Raimi joder, era Spiderman, ¡por supuesto que iba a tener a JJ Jameson cabreado como una mona! ¡Habría que ser muy imbécil para no sacarlo en una película, videojuego o lo que fuera de Spiderman! Pero lo de Iron Man fue algo demasiado raro, fue repetir la fórmula de Cary Grant en Con la Muerte en los Talones. Otra vez teníamos una «autoparodia», un personaje atípico protagonizando el viaje del héroe. Marvel estrenó dos películas aquel verano, una fue bastante convencional -Incredible Hulk- y se la pegó mientras que Iron Man triunfó, porque realmente estaba dándonos algo nuevo. O más bien, algo que ya no nos daban en aquel momento, y que Marvel Studios estaba aprovechando el movimiento pendular de las tendencias para recuperar justo en aquel momento; si los superhéroes cinematográficos habían empezado a petarlo con el Superman de Donner y su montón de chistecillos diseminados por toda la película -que no desperdigados- Iron Man iba a construir la trama sobre el tipo que no debería ser un héroe pero que aun así terminaba siéndolo. Cary Grant convirtiéndose en James Bond, a fin de cuentas.

¿Es un personaje cómico? Sí, pero con lo poco que sale en pantalla sabes de sobra quién es y de qué palo va.

Ni Kevin Feige ni Jon Favreau lo disimularon en ningún momento, y de hecho los directores elegidos para Captain America -Joe Johnston- o Iron Man 3 -Shane Black- eran veteranos del cine de acción de los 80, gente que sabía hacer ese tipo de películas y repitieron la fórmula. La siguiente generación de directores, como los hermanos Russo, no eran tan veteranos pero estuvieron más adscritos a la fórmula del estudio, dejando a versos sueltos como James Gunn, curtido en la factoria Troma (no hay nada más «cultura de videoclub» que Troma, en serio) y siendo, en general, bastante conservadores al elegir a otros directores como Peyton Reed. Y tal vez fuera por buscar el contraste con Marvel o, sobre todo, por seguir la estela de Nolan, en Warner decidieron buscar un enfoque completamente opuesto al cine de acción de los 80, y en una época de humanizar a los personajes en la que hasta los chavales de Fast & Furious se habían convertido en émulos de los héroes de acción de los 80, Warner decidió ir para atrás. Y así se la pegó.

Dejemos de lado lo obvio, que os veo venir.

Ni el último Batman de Nolan consiguió tanto dinero como El Caballero Oscuro ni su producción de El Hombre de Acero consiguió precisamente los resultados esperados. El planteamiento de un Superman alienígena al que le costaba encajar en el mundo podía haber sido interesante, pero la fotografía embebida en el romanticismo y la obsesión por la solemnidad acababan haciendo que la película fuera un tanto soporífera, a pesar de que en más de una ocasión intentaba tirar del humor para relajar la acción. El desastre se consumaría finalmente en Batman v Superman, con personajes cuyas motivaciones no acababan de ser construidas y pasaban a los extremos de forma apresurada, mientras otros como Lex Luthor trataban de emular al de Gene Hackman pero solo nos parecían unos perfectos imbéciles. La reinterpretación del metraje de Zack Snyder a cargo de Joss Whedon no arregló gran cosa, dejando claro que el éxito que había tenido Iron Man, a pesar de lo atropellado de su producción, no venía solo de aplicar a rajatabla la máxima de Whedon de «hazlo dramático, hazlo trágico, pero por amor de dios, ¡cuenta un chiste!».

Algo no debía de estar funcionándoles en Warner si finalmente decidieron ir en una dirección completamente opuesta.

Así, el problema nunca fue que unos contaran chistes y los otros no. Multitud de espectadores fueron a ver Con La Muerte en los Talones esperándose una comedia y salieron pensando que habían visto un thriller, pero con chistes que hacían gracia. Lo cierto es que lo que molesta a los detractores del humor, de la broma, no son los chistes, son los chistes que no les hacen gracia. El humor no deja de ser algo muy personal, y es cierto que cuando somos críos somos más propensos a reirnos, tenemos más manga ancha. Hay gente a la que Chiquito de la Calzada no les hace ni la más mínima gracia, y hasta tuercen el gesto cuando lo ven asomar, porque se sienten apartados del resto, de los que se ríen. Y algunos se sienten igual de apartados cuando Tony Stark empieza a bailar mientras se pone su armadura, o cuando Thor dice que conoce a Hulk «del trabajo». Te parece que el chiste es malo y te saca de la película, con lo que llegas a la conclusión de que si no estuviera el chiste estaría mejor, cuando resulta que si Tony Stark no bailara y no hiciera el ridículo, la escena no te estaría contando que Tony está intentando por todos los medios fingir una normalidad en una situación que escapa a su control y ante la que está completamente aterrorizado, llevándolo a darle a la botella como si no hubiera un mañana.

Que os repito que es la mejor por algo, que no me hacéis caso…

A veces un guionista tiene la escena, pero le falta el chiste. Sabe lo que quiere contar, pero necesita una frase que identifique al personaje. Siempre pongo el mismo ejemplo pero lo digo porque es perfecto; Dan Slott, en la mejor página de toda su etapa de Spiderman, necesitaba un chiste del personaje que le identificara como el auténtico Spiderman a los ojos del Duende Verde en el clímax de toda su trama de suplantación de identidad… Y no lo encontraba. Y de repente llegó Christos Gage y escribió «Por lo menos moriré manteniendo la dignidad de no llevar un bolso de hombre». Estoy convencido de que a alguien el chiste no le hizo gracia, le pareció ofensivo o algo peor, pero lo cierto es que el chiste, en su función dramática, funcionaba. Porque el chiste es una herramienta más, algo necesario, algo que tiene que estar ahí.

Aunque solo sea para identificar a Peter Parker.

 

 

Salir de la versión móvil