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¿De dónde viene lo de los prerrafaelitas? (I): Hacedle más caso a Goya

Para los ingleses da la impresión de que Francisco de Goya y Lucientes nunca existió. Estaban tan ocupados con su nuevo imperio colonial -conseguido porque con el follón de la Revolución Francesa todos los demás se acabaron disparando en el pie, no nos engañemos- y su revolución industrial -nada que objetar, aunque Newton se lo tuviera muy creido- que el tema de las artes lo tenían bastante abandonado. Sí, siempre te hablan de Shakespeare, luego te hablan de Lord Byron y todo eso, pero lo divertido para la literatura inglesa no llegó hasta el XIX y Mary Shelley (la señora de otro pijo, sí). Y así es como se echaron de lleno en el romanticismo, que no dejaba de ser nostalgia de la mala, un camino que el arte nunca debió tomar porque, carajo, Goya lo había dejado claro.

El puto amo, así de claro.

Personalmente considero que el arte contemporáneo no empezó con los fauvistas o con Duchamp, si no que empezó ya con Goya. Goya inventó el surrealismo el solito, Goya es uno de esos artistas que es un movimiento por si mismo, como Picasso lo fue en el siglo XX. Goya empezó con el rococó porque era lo que se llevaba en aquel momento, porque era pintor de tapices y pintor de corte. Tenía que pintar bonitas escenas en las que se deformaba la realidad para idealizarla, mostrando la vida en el campo como una realidad ideal y olvidándose del olor a mierda que tenían que soportar los trabajadores del mismo. Que un pastor según ellos era una señora de muy buen ver que se paseaba con un palito finito y tres borreguitos preciosos, completamente limpios y bien cepillados, y nunca era una señora de metro y medio arrastrando a siete vacas que eran más grandes que ella. En esa irrealidad tan hollywoodiense vivían los nobles de la época -todos ellos arrimados a la corte del rey absolutista de turno, por supuesto- con lo que tras la revolución francesa y las guerras napoleónicas, el paradigma cambió radicalmente. Goya, que era partidario de la ilustración y veía con buenos ojos algunas reformas francesas, acabó apartándose de la corte a medida que las cosas se pusieron más feas y su salud fue decayendo.

Aquello fue como pasar de Bob McLeod a Bill Sienkiewicz.

Lo importante de Goya está en que no solo nos llegaron sus trabajos «alimenticios», fuertemente influenciados por las corrientes imperantes como el ya mencionado rococó o el neoclasicismo que tanto les gustaba a los ilustrados, si no que por su cuenta y, supongo que para contrarrestar esa idealización académica, se puso a dibujar y pintar las cosas feas que veía. Los mal llamados ajusticiamientos, las bajezas y los horrores del lado oscuro del ser humano, hasta el punto de que en el tramo final de su vida se puso a dibujar directamente sus pesadillas, en una obra de abstracción mucho mayor y que exhudaba una fuerza que en la pintura no se alcanzaría de nuevo hasta el expresionismo, casi cien años más tarde. Goya es una fuente de la que beben todos los movimientos de finales del XIX y principios del XX, pero para los ingleses -y alemanes, y hasta franceses- el trabajo de Goya fue una curiosidad a descubrir mucho más tarde, porque ellos estaban demasiado ocupados con su academicismo enraizado en el neoclásico y su cansina idealización de la realidad basada en el reconocimiento de una actualidad convulsa, ésto es, el romanticismo.

Que ojo, tuvo sus cosas buenas.

«Antes todo esto era mejor» oímos, y ya nos cansa. Puede que tú te creyeras mejor, estuvieras en plenitud física y no pensaras que el mundo te iba a comer a ti y no al revés. Puede ser. Pero el mundo era parecido, y te puedo asegurar que visto desde fuera es casi idéntico entre tu juventud y tu madurez, eres tú el que ha cambiado. El romanticismo empezó a pintar paisajes cuando antes no se podía, sí, pero para los ingleses éso no era nada nuevo, con lo que para ellos la gran aportación fue el creerse que podían enmendarle la plana a la idea del renacimiento de que la Edad Media era una época oscura a olvidar y que lo que había que reivindicar era lo de los caballeros y las justas medievales. Como la idea todavía era reciente cuando empezó el siglo XX, nos tuvimos que tragar a mucho tardorromántico, sí, a pesar de que el movimiento oficialmente se diera por acabado allá por 1850. Si todo hubiera acabado ahí no habríamos tenido ningún problema, pero no podíamos ser tan felices…

¡Acabaramos!

Hubo una especie rara en la que, cuando todo el mundo se dió cuenta de que ya era hora de dejar de idealizar el mundo y que lo que tocaba era usar el arte para denunciar las realidades incómodas y tratar de hacer algo al respecto, los románticos siguieron exaltándose. Los románticos tardíos -los que iban retrasados- son los que de verdad la liaron parda, llegando algunos a darnos la paliza hasta bien entrado el siglo XX; hasta Adolf Hitler, con todo lo lamentable que era como pintor y como persona, tomo como referentes a autores impresionistas y no a aquellos fósiles; eso sí, ojalá hubiera hecho lo mismo en sus referentes filosóficos, que le vamos a hacer. La cuestión es que aquellos tardorrománticos destacan, en parte, por no sentirse obligados a subirse a la ola de la modernidad y tener su propia cruzada reaccionaria que les hacía sentirse especiales, no sé si éso os suena de algo. La mayor parte del mundo del arte no hace mucho aprecio a estos dinosaurios trasnochados, pero por lo que sea, hay casos concretos que han llegado a nuestros oidos no por los libros de texto de historia del arte, si no por los artículos excesivamente laudatorios hacia un dibujante de cómics que, de verdad, ya podía haber tomado como referente a Jack Kirby como todo el mundo. Estoy hablando, por supuesto, de Barry Windsor-Smith y de su fascinación por la obra de un grupo de jovenes de orígenes privilegiados que, en pleno siglo XIX les dió por reivindicar los peores aspectos del arte medieval, el academicismo, el barroco y el rococó. Todo junto y encima proclamándose guardianes de la moral y las buenas costumbres, ellos eran… La Hermandad Prerrafaelita.

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